Tatiana reaccionó y dijo: —Es cierto.
Doris sonrió. —Ustedes son mis papás, son las personas en las que más confío. No hay necesidad de ocultarles esto. Además, la gente que tiene que saber que Alexander es hermano de Higi, ya lo sabe.
—Entiendo —dijo Tatiana, aunque otra preocupación le rondaba la mente—. ¿Y qué pasa con toda esa campaña de odio contra Alexander en internet...?
—Todo inventado por la competencia —explicó Doris—. Alexander era huérfano, lo crio un señor llamado Ernesto que se dedicaba a la pepena y el reciclaje. Entró al espectáculo por su talento y su físico, y como pegó de la nada, los rivales con dinero y palancas le tuvieron envidia. Voltearon la tortilla para difamarlo. Cuando empiece el rodaje de «Horizontes de Gloria», buscaré el momento perfecto para limpiar su nombre.
—Ah, ya veo —asintió Tatiana—. Quién iba a imaginar que es el hermano de Higinio. En el futuro, nadie en el medio se va a atrever a toserle.
—Así es —suspiró Doris—. Es increíble pensar lo difícil que es para una persona común, sin palancas ni recursos, hacerse un lugar en cualquier industria hoy en día.
En su propia organización había reclutado a todo tipo de genios, la mayoría de orígenes humildes. Si no los hubieran descubierto, probablemente habrían pasado sus vidas luchando por unos pesos, en el anonimato total.
Los ojos de Tatiana se humedecieron un poco. —Doris, viendo todo lo que has logrado, me imagino lo mucho que tuviste que esforzarte y sufrir antes.
Doris sonrió con ternura. —Mamá, hay mucha gente que se esfuerza más que yo. Yo solo tuve suerte. Suerte de encontrar a mi padre adoptivo, suerte de toparme con Félix y los demás, y suerte de que ustedes me reconocieran como su hija.
Tatiana se puso roja de la emoción, a punto de llorar.
Felipe bromeó desde su lado: —Doris, si sigues hablando, tu madre va a soltar el llanto otra vez.
Tatiana soltó una risita, le dio un empujoncito cariñoso y fingió molestia: —Ya vas a empezar.
—Bueno, ya, a comer —Felipe le puso un trozo de carne en el plato—. Como ofrenda de paz.
Verdín y Blanquito ya estaban dormidos a los pies de la cama.
Negrito no aparecía por ningún lado; seguro andaba jugando a las escondidas o de paseo nocturno.
Doris acarició las cabecitas de las tres mascotas y susurró: —Han trabajado duro estos días. Luego se fue a bañar.
Al salir del baño, vio una videollamada perdida de Higinio.
Doris se acostó y le regresó la llamada.
En cuanto conectó, lo primero que dijo Higinio fue: —Hoy hablé con mis amigos, les dije que cuando haya tiempo los llevaré a cenar contigo.

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