Julián dijo:
—No hay prisa, mi regalo se lo daré más al rato.
El regalo que le iba a dar a esa hija malagradecida era soltar el video de su esposa Fátima siendo secuestrada y torturada, ¡para echarle más leña al fuego al conflicto entre su esposa y esa ingrata!
Pero... ¿por qué no llegaba Fátima todavía?
¿Habrá salido algo mal con Damián?
Andrea, por su parte, dijo sin rodeos:
—¿De dónde voy a sacar dinero para comprar regalos? Me da miedo que mi sobrina le haga el fuchi a algo barato, así que mejor no le doy nada.
¡Qué chiste! ¡No iba a desperdiciar ni un peso en Doris, esa escuincla!
¡Si no fuera por Doris, ella no estaría tan amolada ahorita!
Mauro miró de reojo a su tercera hija y dijo:
—Yo creo que más bien no quieres darle nada.
—Papá, no digas eso, es que de verdad ando bruja —replicó Andrea molesta, y luego añadió con tono venenoso—: Quién te manda haberle dado toda la herencia a mi querida sobrina.
De todos modos, Julián dijo que en esta fiesta se iba a encargar de Doris y recuperaría el control de la familia Palma.
¡Para ese entonces, sin el viejo como respaldo, ya no tendría que verle la cara a su padre!
Mauro dijo con cara de pocos amigos:
—Tienes el descaro de decirlo; te diera lo que te diera, te lo gastarías todo.
Andrea hizo una mueca y ya no contestó.
Apenas Higinio se sentó a la mesa, Julián puso una cara de falsa sinceridad y preguntó con aire de duda:
—El señor Villar es tan generoso con mi hija que no le importa regalarle todo su patrimonio. Me pregunto si esa decisión fue aprobada por el mero mero, Don Enrique.
No gritó, pero su tono tenía una autoridad que imponía.
Antes de que los demás reaccionaran, Manuel, que estaba detrás de Higinio, se movió como rayo. Llegó frente a Julián y, sin decir agua va, levantó la silla con todo y Julián.
Julián se sacó de onda por la acción repentina y, antes de poder hacer nada, sintió que volaba.
Acto seguido, se oyó un trancazo: Manuel aventó la silla con Julián a un lado, como si fuera basura.
—¡Ay! —gritó Andrea tapándose los ojos del susto.
Julián cayó patas arriba, haciendo el ridículo total.
Todos los invitados se le quedaron viendo con desprecio.
Julián sentía que le picaba todo el cuerpo de la vergüenza.
—Julián, si vuelves a abrir la boca, la próxima vez hago que te saquen a la calle —dijo Higinio mirando tranquilamente a Mauro—. Supongo que el señor Palma no tiene objeción.

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