Porque la autoridad de la familia Carrasco había sido gravemente desafiada.
El gerente temblaba de miedo y no se atrevía a responder.
En ese momento, se escuchó una voz ansiosa por el radio del gerente: —¡Gerente, malas noticias! Los clientes que no fueron drogados están empezando a armar lío, ¡están gritando que quieren irse!
El gerente frunció el ceño con fuerza y dijo apresuradamente: —Señora, estos clientes son al fin y al cabo invitados distinguidos de La Candela, no podemos retenerlos así para siempre...
El rostro de Oriana estaba serio. —Déjenlos ir. Con su estatus y posición, no deberían divulgar lo de esta noche, de lo contrario ellos mismos se buscarían muchos problemas y habladurías.
El gerente asintió y rápidamente ordenó a sus subordinados que los dejaran pasar.
Luego, Oriana ordenó al gerente que reuniera a todos los empleados que estaban de turno esa noche.
Miró a todos a su alrededor y luego dictó una orden tajante con un tono helado: —¡Lo que pasó esta noche en La Candela no debe salir de aquí bajo ninguna circunstancia! ¡Al que se atreva a contar esto, le corto la lengua! ¿Entendieron?
Después de que los empleados se dispersaron, Oriana fue al privado exclusivo donde estaba su nieto Damián.
Dentro del privado, Damián finalmente había saciado su deseo y estaba recostado débilmente en el sofá.
La expresión en el rostro de Oriana era inusualmente seria. Se sentó en el sofá y dijo con severidad: —¡Habla! ¡Qué pasó esta noche! ¡Cómo pudo ocurrir un error tan grave!
Damián aún no se había recuperado del todo. Estaba tirado en el sofá con las extremidades flojas y dijo sin fuerzas: —Yo tampoco lo sé...
—¿Tú tampoco lo sabes? Como heredero de nuestra familia Carrasco, ¿cómo puedes decir algo así? —Oriana no podía creerlo, ¿era este el nieto en el que más confiaba?


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