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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 740

Doris negó con la cabeza, resignada. Se acercó al nido de las serpientes, les dio un golpecito suave en la cabeza a cada una y dijo: —Duerman juntas, no peleen.

Tal vez sintiendo la autoridad de Doris, las tres serpientes se calmaron al instante; dejaron de pelear y se acurrucaron ordenadamente en el nido, sin hacer más ruido.

Doris sonrió satisfecha, luego se dio la vuelta y fue al baño a ducharse.

Después del baño, Doris, vestida con un pijama holgado, tomó su celular de la mesita de noche mientras se secaba el cabello húmedo con una toalla.

La pantalla se encendió y vio el mensaje de Higinio:

[Dori, duerme temprano. Buenas noches.]

Las comisuras de los labios de Doris se elevaron inconscientemente en una sonrisa tierna.

Respondió rápidamente:

[Buenas noches, Higi.]

***

No supo cuánto durmió cuando el sonido del teléfono despertó a Doris de sus sueños.

Tomó el celular y al ver que era una llamada de Sombra, contestó de inmediato.

—Jefa, ya se movieron del lado de Fátima.

—Bien, Fátima no puede morir bajo ninguna circunstancia, atrapen al asesino vivo. Voy para allá ahora mismo con gente —ordenó Doris con calma al teléfono.

—Entendido.

Al colgar, Doris miró la hora en su celular: dos y media de la madrugada.

Increíble, había acertado.

Para derribarla y recuperar todo lo de la familia Palma, Julián realmente planeaba sacrificar a su propia esposa.

Entonces, ella no tenía por qué tener piedad.

Un ruido sordo y extraño, como algo pesado golpeando la pared, atravesó la gruesa puerta y se metió en los oídos de Fátima. Se despertó de golpe de su sueño ligero, con el corazón encogido, e instintivamente buscó a su lado con la mano... ¡Vacío!

La sábana de seda fría le recordó que esa noche su esposo Julián, con la excusa de no querer molestar su descanso, había dormido solo en la habitación pequeña al final del pasillo.

—Pum... ¡Crash!

¡Otro ruido sordo, seguido del sonido crujiente de porcelana rompiéndose!

El sueño de Fátima se esfumó al instante, y un frío le recorrió desde los pies hasta la cabeza.

Apartó las cobijas, pisó el suelo helado con los pies descalzos y se movió en silencio hacia la puerta. Contuvo la respiración, giró la perilla con mucho cuidado y abrió una pequeña rendija.

En la sala en penumbras, gracias a la tenue luz de la luna que entraba por la ventana, solo pudo ver dos sombras borrosas luchando ferozmente.

Los golpes de puños y pies producían un sonido seco, y los muebles eran golpeados y empujados de un lado a otro.

¡Una de esas figuras, vestida con el pijama de seda azul oscuro que ella conocía tan bien, era su esposo Julián!

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