Mauro bajó la mirada hacia su segundo hijo, que se arrastraba patéticamente pidiendo piedad para salvarse, y sintió un asco inmenso.
—¡Imbécil! —Mauro retiró la pierna de un tirón, con tanta fuerza que pateó a Julián y lo tiró al suelo—. ¡¿Eso es lo importante?! Lo importante es que te aliaste con Damián para hacerle esto a tu propia esposa. ¡Qué importa si tú buscaste al asesino o no! ¡Eres un animal, capaz de sacrificar a tu esposa para incriminar a tu propia hija! ¡Eres peor que una bestia!
Fátima cerró los ojos.
Lágrimas ardientes rodaron silenciosamente por sus mejillas y cayeron al suelo frío.
¿Por sus hijos?
Qué excusa tan ridícula y miserable.
Solo era por su propia sed de poder que nunca se saciaba.
Y ella no era más que una hormiga insignificante que podía aplastar en cualquier momento por su ambición desmedida.
Su corazón estaba muerto.
—¿No escucharon al señor? Llévense a este animal a la residencia de la familia Palma por ahora, mañana va para la policía —ordenó Doris a los guardaespaldas que trajo el abuelo.
—Sí, señorita.
Los guardaespaldas agarraron a Julián de los brazos y lo arrastraron bruscamente hacia afuera.
Los gritos y las excusas de Julián se fueron apagando a lo lejos.
El departamento se sumió en un silencio sepulcral.
Mauro pareció perder toda su vitalidad en un instante; su espalda, ya encorvada, se dobló aún más.
Ya no miró a nadie. Fijó la vista en la oscuridad de la noche y las luces de la ciudad a través de la ventana.
Guardó silencio un momento y habló despacio, con una voz tan cansada y vieja como una hoja seca temblando al viento:
—Doris...
Doris dio un paso al frente y respondió tranquila:
—Abuelo.
El viejo no la miró, seguía viendo por la ventana:

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