Mauro bajó la mirada hacia su segundo hijo, que se arrastraba patéticamente pidiendo piedad para salvarse, y sintió un asco inmenso.
—¡Imbécil! —Mauro retiró la pierna de un tirón, con tanta fuerza que pateó a Julián y lo tiró al suelo—. ¡¿Eso es lo importante?! Lo importante es que te aliaste con Damián para hacerle esto a tu propia esposa. ¡Qué importa si tú buscaste al asesino o no! ¡Eres un animal, capaz de sacrificar a tu esposa para incriminar a tu propia hija! ¡Eres peor que una bestia!
Fátima cerró los ojos.
Lágrimas ardientes rodaron silenciosamente por sus mejillas y cayeron al suelo frío.
¿Por sus hijos?
Qué excusa tan ridícula y miserable.
Solo era por su propia sed de poder que nunca se saciaba.
Y ella no era más que una hormiga insignificante que podía aplastar en cualquier momento por su ambición desmedida.
Su corazón estaba muerto.
—¿No escucharon al señor? Llévense a este animal a la residencia de la familia Palma por ahora, mañana va para la policía —ordenó Doris a los guardaespaldas que trajo el abuelo.
—Sí, señorita.
Los guardaespaldas agarraron a Julián de los brazos y lo arrastraron bruscamente hacia afuera.
Los gritos y las excusas de Julián se fueron apagando a lo lejos.
El departamento se sumió en un silencio sepulcral.
Mauro pareció perder toda su vitalidad en un instante; su espalda, ya encorvada, se dobló aún más.
Ya no miró a nadie. Fijó la vista en la oscuridad de la noche y las luces de la ciudad a través de la ventana.
Guardó silencio un momento y habló despacio, con una voz tan cansada y vieja como una hoja seca temblando al viento:
—Doris...
Doris dio un paso al frente y respondió tranquila:
—Abuelo.
El viejo no la miró, seguía viendo por la ventana:
En el departamento quedaron los sollozos reprimidos de Fátima, la respiración agitada de Patricio recargado en la pared como alma en pena, y Ricardo apretando los puños.
Doris se dio la vuelta lentamente y su mirada cayó sobre el asesino atado en la sombra del rincón.
El asesino también la miraba; tenía una mirada fría, feroz, con una evaluación profesional y un toque de violencia por haber fallado la misión.
La comisura de los labios de Doris se levantó casi imperceptiblemente.
—Sé que te contrató Damián.
El asesino no dijo nada.
—No creo que sea la primera vez que trabajas con él —continuó Doris—. Si quieres una muerte rápida, confiesa los trabajos que le has hecho.
Para destruir completamente a la familia Carrasco, Doris necesitaba pruebas suficientes.
El asesino soltó una risa fría y siguió callado.
—Hace tiempo hubo alguien llamada «La Dientona», que también trabajaba para Damián. También creía que era muy dura y que no delataría a Damián —mientras hablaba, Doris ya tenía una pastilla en la mano—. Me da curiosidad saber si tú eres más duro que La Dientona.

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