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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 759

Oriana miró la actitud impenitente de Doris, soltó un frío «Sigues necia» y se dio la vuelta para entrar a la casa.

Damián entendió que su abuela le estaba dejando el resto del asunto a él.

De repente, a espaldas de Rosalinda, un grupo de guardaespaldas salió de la nada, rodeándolas a ella y a Doris.

—¡prima, cuidado! ¡Nos quieren atacar por la espalda!

Rosalinda se escondió rápidamente detrás de Doris.

Doris miró de reojo a los guardaespaldas que las rodeaban y dijo con total calma:

—¿Qué? ¿Piensan atacarnos a plena luz del día?

Damián salió por la puerta principal, acercándose paso a paso a Doris. Aprovechando que era casi una cabeza más alto que ella, la miró desde arriba y dijo con voz lúgubre:

—Doris, tú fuiste quien drogó a los clientes de La Candela anoche, ¿verdad? Y tú mandaste filtrar los videos esta mañana, ¿cierto?

Ante el interrogatorio de Damián, Doris se encogió de hombros y respondió sin miedo:

—Tú mismo lo dijiste hace rato: hablar sin pruebas es difamación.

Damián frunció el ceño y siguió presionando:

—Doris, ¿quién eres realmente?

—¿Quién voy a ser? Solo soy la verdadera hija que la familia Palma recuperó, nada más. —Doris hizo una pausa y cambió el tema con un tono de falsa preocupación—: Esta vez, ¿a quién piensa usar la familia Carrasco para cargar con la culpa? Déjame pensar... todavía quedan bastantes parientes en las ramas secundarias, aunque no sé si querrán ir a la cárcel por ti. Si no, podrían buscar al hijo de Andrea y el Señor Carrasco... ¿cómo se llamaba? Creo que Augusto Carrasco.

Al ser menospreciado de esa manera por Doris, Damián no pudo aguantar más.

—¡De verdad crees que no me atrevo a matarte! —Sin previo aviso, Damián levantó la mano y lanzó un golpe hacia Doris.

Entre sus dedos brillaba algo.

Era una cuchilla afilada.

Podía sentir el hilo pegado a su piel. Si Doris aplicaba un poco de fuerza, ese hilo cortaría su carne como un cuchillo afilado hasta llegar al hueso.

Los guardaespaldas, al ver la situación, se dieron cuenta del peligro y sacaron sus armas para correr a rescatar a Damián.

Sin embargo, Damián gritó de repente:

—¡Quietos! ¡No se acerquen!

Su voz tenía una autoridad innegable que hizo que los guardaespaldas se detuvieran en seco.

Damián respiró hondo, tratando de mantener la calma. Miró a Doris y dijo entre dientes:

—Doris, ¡no creo que te atrevas a matarme!

Doris curvó los labios en una sonrisa despectiva y susurró:

—No me atrevería a matarte a plena luz del día, pero...

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