Rosalinda miró el perfil de Doris; la luz del invierno bañaba su figura con un tenue borde dorado, haciéndola lucir más deslumbrante que cualquier guerrera de cómic que hubiera visto.
Los ojos de Rosalinda brillaban de emoción.
¡La prima es la neta!
¡Mi primo se sacó la lotería al ser elegido por la prima!
Rosalinda ya estaba apartando su lugar para la próxima aventura:
—¡Prima, la próxima vez que haya relajo, no se te olvide invitarme!
Doris sonrió.
—Está bien. En tres días, cuando transmita en vivo el paseo de Herminio, voy a necesitar de ti.
—¡Cuenta conmigo! ¡De verdad ya tengo lista la correa de perro! —Rosalinda se golpeó el pecho y luego añadió guiñando un ojo—: ¡Compré una edición limitada con estoperoles!
Doris se rio con su ocurrencia.
—Buen gusto.
—¡Claro, tiene que ser un espectáculo!
Apenas terminó de hablar Rosalinda, sonó el celular de Doris.
Era una llamada de Sombra.
—Prima, te espero en el coche —dijo Rosalinda, metiendo las manos en los bolsillos para calentarse y corriendo con pasitos cortos de regreso al auto.
Doris contestó la llamada.
—Jefa, este sicario gringo es un hueso duro de roer. Ya usamos todos los métodos de interrogatorio convencionales, más la tortura de tu veneno, y aunque está al borde de la muerte, no quiere admitir que fue Damián quien lo contrató. Ya revisaron su celular y otros equipos, pero borraron todo rastro y no hay forma de recuperarlo ni rastrearlo.
En resumen, no se podía probar que Damián lo contrató directamente.
Con razón Damián contrató a este asesino estadounidense.
Visto así, este sicario era todo un profesional; podía aguantar sin soltar prenda incluso bajo el interrogatorio de Sombra y los efectos de su veneno.
Doris volteó a ver la entrada de la delegación y dijo:
—Ya no lo interrogues. Envíalo a la delegación de la zona sur para que testifique contra Julián.
—Entendido.

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