—Es solo un sirviente, haz lo que quieras —dijo Enrique con desgana—. Solo asegúrate de que la persona esté limpia.
Toda la familia Villar, desde el mayordomo, los sirvientes, los chefs hasta los jardineros y el personal de limpieza, debían pasar por una estricta investigación para garantizar la seguridad personal de Enrique.
Estas revisiones originalmente eran responsabilidad del mayordomo de Enrique, pero en los últimos años, poco a poco pasaron a ser gestionadas por Manuel, la mano derecha de Higinio.
—Está bien.
Perdió de nuevo.
—Juzgando a la persona por su ajedrez, Héctor todavía está muy lejos de tu nivel. —Enrique tiró la pieza de ajedrez y se levantó—. Ya está, en cuanto al regalo de cumpleaños que le diste a esa muchacha, Doris, dado que fue tu decisión, lo tomaré como que tienes confianza en tus sentimientos hacia ella. Así que no interferiré. Sigo diciendo lo mismo: si no pasa nada raro, seguiré eligiéndote a ti para la posición de heredero de la familia Villar.
Higinio también dejó caer su pieza.
La premisa de las palabras del viejo era: «Si no pasa nada raro».
Pero si algo llegara a suceder, no se podía garantizar que la posición de heredero no cambiara de dueño.
***
Después de salir de la vieja mansión de la familia Villar, el resentimiento en el corazón de Noé era difícil de calmar. Pateó con fuerza una piedra a sus pies, como si así pudiera desahogar un poco su insatisfacción contra Higinio.
—¡Maldita sea! ¡Hablar con alguien tan hipócrita como Higinio es realmente asqueroso! —maldijo Noé con furia. De solo pensar en la cara atractiva de Higinio, sintió náuseas.
—Hermano, si te conviertes en el heredero, ¡entreguemos a Higinio a ese tipo enfermo para que juegue con él! ¡Que pruebe lo que se siente ser el juguete de alguien! —Cuanto más hablaba Noé, más se emocionaba, y una sonrisa siniestra apareció en su rostro.
Héctor no respondió de inmediato a las palabras de su hermano menor; su mente todavía estaba repasando la partida de ajedrez con el viejo hace un momento.
Había estudiado mucho para esa partida, pensando que podría jugar al mismo nivel que el viejo don Enrique, pero quién iba a decir que perdería tan rápido.
La decepción en el rostro del viejo lo hizo sentir una frustración inmensa.
Claramente ya tenía una oportunidad, ¿por qué terminó perdiendo?
Sin embargo, ¡se puede perder en el ajedrez, pero la batalla por la herencia no se puede perder bajo ninguna circunstancia!
—Hermano, ¿me escuchaste? —preguntó Noé al ver que su hermano mayor, Héctor, seguía con la cara larga e ignorándolo.

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