Damián le echó un vistazo indiferente al paquete de mensajería y preguntó como si nada:
—¿Paquetería? ¿Dice quién lo manda?
Su voz sonaba tranquila, parecía que ese paquete no le interesaba ni tantito.
El asistente, parado a un lado, negó con la cabeza y respondió:
—No dice, ¿quiere que lo abra para checarlo?
Normalmente, con este tipo de envíos sin remitente claro, seguro buscarían a alguien para abrirlo y revisarlo antes de dárselo a Damián, por pura seguridad.
Sin embargo, la situación de hoy era algo especial.
Estaban en el Royal Bowling Alley, y la gente que sabía que Damián vendría hoy debía ser gente muy cercana a la familia Carrasco.
Por eso, el asistente dudaba si debía abrir el paquete así nomás.
Al parecer, Damián pensó lo mismo, así que hizo un gesto con la mano y dijo:
—Déjalo ahí por ahorita, al rato lo abro.
Su atención seguía clavada en la pantalla frente a él; la verdad es que no le importaba mucho de dónde venía el paquete.
En ese momento, le importaba más ver qué tan impactante sería la escena cuando Herminio explotara en plena transmisión en vivo.
Casi podía imaginar el instante en que todos se quedarían pasmados del susto por el cambio repentino.
—Entendido —respondió el asistente, y se dispuso a dejar el paquete sobre la mesa.
Al mismo tiempo, Damián presionó el control remoto que tenía en la mano.
—¡Pum!
Un estruendo ensordecedor retumbó en la sala VIP.
***
Por otro lado, Doris seguía paseando a Herminio, que iba a gatas, en plena transmisión en vivo, cuando de repente sonó su celular.
Era Sombra.
Contestó, y la voz fría de Sombra se escuchó del otro lado:
—Jefa, explotó por el lado de Damián.
Doris le echó un ojo a la correa de perro atada al cuello de Herminio y sonrió levemente.
—Enterada.
Parece que todo salió tan bien como se esperaba.
Colgó el teléfono y, tarareando una cancioncita, Doris siguió paseando a Herminio por toda la calle.
Rosalinda la seguía, gritando a todo pulmón:
Herminio se detuvo, volteó a ver el cascabel que tenía Doris, negó con la cabeza y dijo:
—¡No lo quiero!
Y dicho esto, salió corriendo a toda velocidad.
Doris sonrió. Perfecto. Un montón de espectadores podían testificar la escena de hace un momento: ese cascabel lo trajo el propio Herminio.
Y ese idiota de Herminio solo pensaba en pelarse; probablemente ni se imaginaba por qué le había hecho esa pregunta.
Rosalinda, que venía atrás, se acercó a Doris y dijo con lástima:
—Prima, ¿ya se acabó? ¡La audiencia todavía quería ver más!
En el chat de la transmisión, la gente también gritaba que no habían tenido suficiente.
Doris tiró el cascabel en un bote de basura de la calle y dijo:
—Sí, se acabó. Gracias a todos por venir a apoyar y ver el show, ya pueden circular.
Entonces Rosalinda le dijo al público:
—¡Ya escucharon, el paseo de perro de hoy terminó! Bye, bye.
Dicho esto, cerró la transmisión y luego comentó con pesar:
—Prima, se acabó muy rápido, ni media hora duró. ¡Le salió muy barato a ese tipo Herminio!

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