Doris hizo que Paola se quedara con Dalia, a quien había llamado de la organización para ayudar en Entretenimiento Estrella.
—Dalia, cuídala bien —le encargó Doris especialmente a la pequeña Dalia.
Dalia hizo un saludo militar y dijo:
—¡Despreocúpese, jefa!
Una vez dadas las instrucciones, Doris le dijo a Paola:
—El lugar es un poco sencillo, aguanta por ahora. Mañana mandaré a alguien por tus cosas.
Paola miró alrededor. Aunque no se comparaba con la villa donde Iván la tenía, tampoco estaba mal; era un departamento pequeño y acogedor. Dijo:
—No pasa nada, de niña viví en lugares mucho peores. En cuanto a mis cosas viejas, tíralas todas. Tengo algo de dinero ahorrado, mañana puedo comprar todo nuevo con eso.
—Me parece bien. —Después de que Doris se fue, Dalia jaló a Paola y le preguntó—: Este depa tiene dos cuartos chicos, ¿quieres uno para ti sola o duermes conmigo?
Sin esperar respuesta, siguió hablando sola:
—Mejor duerme conmigo, mi cama es king size de tres metros, cabemos perfecto las dos sin problema.
Paola se sentía un poco aturdida, así que dijo:
—Como sea.
El teléfono de su agente no dejaba de sonar. Paola había colgado todas las llamadas anteriores, pero ahora que estaba instalada, finalmente contestó.
Del otro lado empezaron a gritarle:
—Paola, ¿qué te pasa? ¡No te he visto en toda la noche! ¿Sabes quién eres ahora? ¡Regresa ya! ¿Dónde estás? Voy por ti...
Antes de que Paola pudiera hablar, Dalia le arrebató el celular y contestó:
—¡Está aquí con el mero mero en el infierno, ven por ella pues!
—Tú... ¿tú quién eres?
—Soy la Parca, te estoy esperando. ¡Córrele al infierno a buscarme!
Dicho esto, Dalia colgó.
—¿Ese era tu agente o tu dueño? ¡Qué forma de hablarte! ¡Cámbiate de agente! No, mejor, ¡cámbiate de empresa, vente a Entretenimiento Estrella!
Paola guardó silencio.
—¡Abre la puerta! —Doris se paró afuera; su voz no era fuerte, pero llevaba una autoridad incuestionable.
Sin embargo, dentro de la habitación todo estaba en silencio, sin respuesta alguna.
Doris endureció el tono:
—Tienes diez segundos. Si no abres, atente a las consecuencias.
Dicho esto, empezó a contar despacio:
—Uno, dos...
Cuando llegó al nueve, la puerta se abrió con un rechinido.
Augusto estaba parado en la entrada con cara de sueño, tallándose los ojos y bostezando, como si lo acabaran de despertar.
—Prima, ya llegaste —la voz de Augusto sonaba pastosa. Tenía el pelo alborotado y solo llevaba puestos unos pantalones de pijama holgados; estaba con el torso desnudo, dejando ver su físico perfecto.
La calefacción estaba encendida en el cuarto, y una ráfaga de aire caliente salió, dando una sensación acogedora.
Aunque la piel de Augusto tenía moretones, bajo la luz seguía viéndose increíblemente tentador, con músculos bien definidos, como una obra de arte tallada a mano.

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