Al escuchar las palabras del mayordomo, Damián frunció el ceño con fuerza y preguntó:
—¿Qué pasó exactamente? ¡Habla rápido!
El mayordomo se apresuró a explicar:
—Ese día que el señor Augusto vino a visitarlo, al irse dijo que quería ayudarlo a resolver sus problemas, joven amo. En ese momento traté de persuadirlo, le dije que no fuera impulsivo y que esperara a que usted se recuperara antes de hacer cualquier cosa. Pero el señor Augusto no me hizo caso y se fue furioso. Me preocupaba que hiciera alguna imprudencia, así que mandé gente a seguirlo por si acaso.
La cara de Damián se puso aún más negra y gritó furioso:
—¡Si había gente siguiéndolo, ¿por qué desapareció Augusto?! ¡Y por qué me lo dices hasta ahora!
El mayordomo puso cara de angustia y respondió:
—Creo que el señor Augusto descubrió a la gente que envié y los despistó rápido. Estaba muy preocupado por su seguridad, pero no me atreví a ir a buscarlo a la mansión de la familia Palma sin pensarlo bien. Como usted todavía no se recupera y necesita reposo, la verdad es que no me atreví a molestarlo...
La ira de Damián estalló al instante. Interrumpió con voz severa:
—Sabías que podía estar en peligro y esperaste tantos días para decirme. Si le pasó algo a Augusto, ¡te juro que no te la vas a acabar!
Dicho esto, Damián soportó el dolor de su cuerpo y luchó por sentarse en la cama. Sus movimientos eran difíciles, pero su mirada era inquebrantable.
Al ver esto, el mayordomo corrió a sostenerlo.
—Sí, señor, es mi culpa. ¡Lo llevaré ahora mismo a la mansión de los Palma a buscarlo!
***
Doris estaba totalmente concentrada dándole tratamiento a Higinio cuando, de repente, un tono de llamada rompió el silencio de la habitación.
Higinio tomó el celular y contestó.
La voz de Manuel se escuchó al otro lado:
—Joven amo, Izan Villar lo busca. Está esperando abajo.
Higinio pensó un momento y dijo:
—¿Contrabando? No entiendo de qué estás hablando.
Al ver su actitud, la furia de Izan ardió con más fuerza. Alzó la voz:
—¡No te hagas el tonto conmigo! Por culpa de ese contrabando, nuestra mercancía fue retenida y las pérdidas son enormes. ¡Quién más haría esto sino tú!
Higinio analizó con calma:
—Lo que dices no tiene fundamento. ¿Por qué haría yo algo así? ¿De qué me sirve?
Izan resopló con desdén y dijo entre dientes:
—¿De qué te sirve? ¡Es obvio! La reunión anual de la familia Villar está por comenzar. Mi papá y yo hemos tenido un éxito rotundo con el negocio de metales en África, ¿y tú qué? La oficina central que diriges no ha levantado cabeza desde que quedaste inválido y se la pasaste a Álvaro Villar. ¡Seguro tienes miedo de perder el puesto de heredero y por eso juegas sucio para sabotearnos!
Higinio dijo con total serenidad:
—Si encontraron contrabando en la carga, ¿no deberías investigar primero a tu propia gente? Tal vez aceptaron dinero que no debían y provocaron esto. En lugar de venir aquí a perder tu valioso tiempo conmigo.

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