Después de tomar una siesta en Grupo Villar, Doris estaba a punto de regresar a Entretenimiento Estrella cuando recibió una llamada de Tatiana.
—Doris, ven rápido a casa. Damián trajo gente y está buscando a Augusto.
—Voy para allá.
Al colgar, Doris sonrió. Damián sí que tenía buen timing; si se hubiera tardado un poco más en trasladar a Augusto, Damián la habría agarrado con las manos en la masa.
Sin embargo, ella había calculado que, con las heridas de Damián, él estaría demasiado ocupado cuidándose a sí mismo y no tendría tiempo para Augusto en estos días.
—Higi, me voy a casa —dijo Doris poniéndose el abrigo y la bufanda mientras salía del cubículo, dirigiéndose a Higinio que ya estaba ocupado en su escritorio.
Higinio levantó la vista de la computadora, con un brillo en los ojos.
—¿A casa? ¿No ibas a Entretenimiento Estrella?
—Damián llevó gente a la casa de los Palma para buscar a Augusto, tengo que ir a resolverlo —explicó Doris, llegando a la puerta.
—Está bien... por cierto, sobre lo de llevarte a conocer a mis amigos, ya les dije. Quedamos este sábado por la noche en Ají y Limón, ¿te parece? —dijo Higinio antes de que ella saliera.
Doris parpadeó.
—Claro que sí. Me voy a arreglar súper bien para no dejarte en mal delante de tus «brothers». Bye, platicamos en la noche.
Dicho esto, salió y cerró la puerta.
Higinio miró la puerta cerrada de la oficina y sonrió levemente. ¿Quién de sus amigos no conocía a Dori? Todos sabían lo impresionante que era esa chica; no necesitaba arreglarse especialmente.
***
—¿Seguros que no van a abrir? ¡Bien, ya que no quieren arreglarlo por las buenas, tendré que llamar a la policía! —El mayordomo de la familia Carrasco amenazó a los guardias en la puerta de los Palma y luego sacó su celular para marcar al número de emergencias—. Bueno, quiero reportar un secuestro y privación ilegal de la libertad en la mansión Palma, en Avenida del Progreso. Por favor manden una patrulla.
Al colgar, el mayordomo de los Carrasco lanzó una mirada fulminante a los guardias tras el portón de hierro forjado, se dio la vuelta y caminó hacia el auto de lujo estacionado cerca. Le dijo a Damián a través de la ventanilla:
—Joven amo, ya llamé a la policía.

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