Al llegar a este punto, Izan vio por el rabillo del ojo que la sombra oculta había desaparecido.
Izan sonrió con frialdad, dijo un «qué bueno, hablamos al llegar» y colgó el teléfono.
En cuanto Izan llegó a casa, escuchó a Silvia interrogarlo.
—Izanito, ¿qué pasó con esa llamada? Lo de África... ¿el abuelo no va a castigar a Higinio ni un poco? ¿Va a dejar que Doris siga haciendo su escándalo y afectando a la familia Villar?
Izan soltó un bufido frío.
—Exacto. El asunto es gravísimo y a Higinio no le pasó nada. Parece que es verdad: el plazo de tres meses que puso el abuelo no es para nosotros, es para Higinio. Es un plazo para Doris. Mientras Doris pueda curar las piernas de Higinio en tres meses, que Higinio sea el heredero es cosa segura.
Al escuchar esto, Silvia casi explota.
—¡Entonces qué hacemos! ¡La reunión familiar ya casi llega! Si nos culpan a nosotros por lo de la mercancía retenida, ¡menos oportunidad vamos a tener!
—No te imaginas quién está en la residencia Villar: Ernesto —dijo Izan sentándose en el sofá—. Todo lo que te dije por teléfono fue a propósito para que Ernesto me escuchara.
La ansiedad en los ojos de Silvia se transformó en expectativa.
—¿Ah, sí? Parece que ese Héctor Villar sí tiene sus mañas. Qué bueno que use la estrategia de meter cizaña, así nos ahorramos el trabajo sucio.
Izan dijo con aire de triunfo:
—¡Si ese Ernesto se atreve a actuar contra el abuelo, se muera o no el viejo, Higinio está acabado!
¡Para ese momento, no importará cuánto haya presumido Higinio hoy de tener controlado a los Carrasco y a su protector!
***
—¿Y bien? ¿Qué dijo tu abuelo sobre lo de África? —preguntó Doris con curiosidad a Higinio.
En la videollamada, Higinio curvó los labios en una sonrisa relajada.
—El abuelo no me dijo nada a mí, pero a Izan lo hizo rabiar tanto que casi se pone a saltar ahí mismo.

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