Sabina se dio la vuelta, agarró la pluma y firmó con un garabato rápido antes de salir hecha una fiera de la delegación arrastrando a Germán.
Aventaron a Germán al coche. Sabina se metió, lo agarró de las solapas y, ¡zas!, le soltó una cachetada en la cara, que todavía tenía marcas rojas.
¡Pac!
¡Pac!
¡Pac!
¡Pac!
Le acomodó cuatro cachetadas seguidas. Sabina lo miró fijamente a los ojos y preguntó entre dientes:
—¿Ya despertaste o qué?
Germán, asustado por la lluvia de golpes, tardó un rato en reaccionar. Luego dijo:
—Tú no entiendes cómo me siento porque nunca te has enamorado...
No terminó de hablar.
¡Zas!
Otra cachetada aterrizó con fuerza en la cara de Germán.
Esta fue más dura que las anteriores; hasta le salió un hilito de sangre de la boca.
La mano de Sabina temblaba por el esfuerzo. Le dijo con rabia:
—¿Quién dice que no me he enamorado? ¡Yo estoy peor que tú! ¡Yo ni siquiera puedo decirle a esa persona que me gusta, solo puedo amarlo en secreto!
Germán se quedó atarantado por el golpe. Miró a Sabina sin saber qué contestar.
Pero rápido se le iluminaron los ojos.
Se enderezó y preguntó lleno de curiosidad:
—¿En serio? ¿Quién te gusta? ¿Por qué tiene que ser en secreto?
Sabina no esperaba que Germán preguntara tanto. Su cara se puso incómoda y dijo:
—Son cosas de cuando era más joven, ya olvídalo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida