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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 832

Germán chasqueó la lengua, le aventó el celular y luego sacó el suyo. Abrió el WhatsApp nuevo donde Rosalinda se había hecho pasar por Doris y siguió soltando veneno.

Sabina se tapó los oídos. Al final, no aguantó más, le pidió al chofer que se detuviera y de una patada bajó a Germán del auto.

—Regresa cuando termines de ladrar, ¡qué fastidio!

Dicho esto, la puerta automática se cerró, el coche arrancó a toda velocidad y dejó a Germán temblando en el viento frío.

Se enojó todavía más, así que agarró el celular y siguió insultando:

—¡Rosalinda, vieja argüendera! ¡Por tu culpa Sabina me bajó del carro y me estoy congelando!

Rosalinda contestó rápido: —¡Ojalá te mueras de frío, así el mundo se libra de una plaga!

Germán: —¡Pierde cuidado! ¡Hierba mala nunca muere! ¡Te aseguro que no me muero antes que tú!

—Jaja, es cierto, con esa cara tan dura que tienes, está difícil que el frío te haga algo. ¡Pero si yo fuera tú, me moriría de pura vergüenza!

—¡Para vergüenzas, las tuyas! ¡Sinvergüenza, fingiendo ser Doris para chatear conmigo! ¡Yo creo que lo hiciste a propósito para llamar mi atención porque te gusto, verdad! ¡Tú eres la verdadera arrastrada! No importa lo que hagas, nunca me fijaré en ti, ¡¿puedes dejar de molestarme?!

—¡Mientras prometas no volver a acosar a mi prima y no arruinar su relación con Higinio, quién va a querer hablar con alguien con cerebro de chorlito como tú! ¡Literalmente, cada vez que te escribo es una tortura!

***

Doris salió de Grupo Villar después de su siesta.

Higinio se quedó de pie frente al enorme ventanal, mirando pensativo hacia afuera. La luz invernal atravesaba el cristal y bañaba su rostro, creando un juego de luces y sombras.

Un momento después, tras confirmar que Doris se había ido en su coche, Higinio tomó el teléfono y marcó el número de Manuel.

La voz de Manuel sonó rápidamente al otro lado: —¿Joven? ¿Qué se le ofrece?

La persona al teléfono respondió temblando: —Así es.

—¡Maldita sea! —Izan estaba que echaba humo. Él y su padre estaban hasta el cuello tratando de resolver lo de la mercancía retenida, mientras que a Higinio no le afectaba en nada, ¡y ahora resultaba que probablemente ya podía caminar!

¡Entonces, para qué se estaba esforzando tanto!

¡¿Para trabajarle de gratis a Higinio?!

Cuanto más lo pensaba, más rabia le daba. Colgó la llamada y enseguida marcó a Héctor, reclamándole furioso:

—Mi infiltrado en Grupo Villar dice que parece que las piernas de Higinio sanaron. Manuel mandó gente esta tarde a comprar el mejor bastón de todo Solara.

Al llegar a este punto, su voz se volvió aún más agresiva: —Héctor, ya no nos queda mucho tiempo. ¡Si esa ficha de ajedrez llamada Ernesto que mencionaste no actúa pronto, tú y yo nos podemos ir despidiendo de la herencia!

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