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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 879

Ante la desobediencia de la mujer, el rostro de Damián se oscureció al instante y su tono cargó con un evidente desagrado:

—¡No preguntes tanto, si te digo que te cambies, te cambias!

La mujer se estremeció por el grito de Damián. Miró a Carolina a su lado con impotencia, con una súplica en los ojos.

—Carolina, no quiero cambiarme, ¿no dijiste que solo venía a una entrevista para un buen trabajo?

Carolina mostró una sonrisa que parecía amable, le dio unas palmaditas suaves en el hombro a la mujer y la consoló:

—Hazle caso al señor Carrasco, sé buena. Si logras complacer al señor, saldrás de pobre y te convertirás en una reina. Ya no tendrás que trabajar duro, solo disfrutarás de la vida.

Sin embargo, la mujer no pareció conmoverse con las palabras de Carolina; negó con la cabeza.

—No lo necesito, Carolina. Te agradezco mucho la oportunidad de aprender en el centro, pero de verdad solo quiero aprender un oficio para tener más oportunidades laborales... Me quiero ir ahora...

Diciendo esto, la mujer se dio la vuelta para irse; sus pasos eran apresurados, solo quería huir cuanto antes de ese lugar que le provocaba inseguridad.

Pero Carolina se giró de repente, le agarró el brazo y tiró de ella con fuerza, arrastrándola de regreso bruscamente.

—¿Crees que ahora depende de ti si quieres o no? ¡Si el señor Carrasco dice que te cambies, te cambias! —La cara de Carolina se volvió sombría y su voz ya no era amable como antes, sino que estaba llena de autoritarismo.

La mujer claramente no esperaba que Carolina la tratara así de repente; su rostro mostró una expresión de terror e intentó con todas sus fuerzas liberarse del agarre de Carolina.

—No...

—¡Plaf!

El sonido de una bofetada resonó en la habitación. La mano de Carolina golpeó con fuerza el rostro de la mujer, produciendo un sonido seco.

La mujer no esperaba esa cachetada repentina; su cuerpo tembló violentamente y en su rostro apareció de inmediato una marca roja.

Carolina tomó la ropa que tenía la sirvienta y se la arrojó directamente, diciendo con crueldad:

—¡Cámbiate!

La mujer estaba aturdida por el golpe; se cubrió la cara, con la mirada perdida e indefensa.

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