Incluso a través del celular, Doris podía sentir la emoción de Higinio y sonrió: —¡Muchas felicidades!
Desde el día en que confirmó que Alexander era su propio hermano menor, Doris notó que Higinio, aunque no lo dijera, tenía muchas ganas de hacer oficial y pública la noticia de su parentesco.
Seguramente no quería que su hermano siguiera sufriendo tantas injusticias y calumnias.
Sin embargo, tampoco quería obligar a Alexander a aceptarlo, así que solo le quedaba respetar su voluntad.
Pero ahora que Alexander había tomado la iniciativa de pedir que se revelara su identidad, era natural que Higinio estuviera tan contento.
Doris se bajó del carro, cerró la puerta y caminó hacia la villa de la zona este mientras preguntaba: —¿Y cuándo planeas soltar la bomba?
Del otro lado de la línea se escuchó la risa grave y magnética de Higinio: —Eso depende de cómo planees aprovechar todo este revuelo.
Doris curvó los labios en una sonrisa cómplice: —Ay, Higi, nadie me entiende como tú.
Hizo una breve pausa y continuó: —Pienso dejar que el chisme fermente un par de días más. Al tercer día, cuando el escándalo esté en su punto más alto, aprovecharé la oportunidad para limpiar el nombre de Alexander de toda esa basura que le han estado tirando estos años.
Higinio respondió: —Entonces, en cinco días, haré oficial que Alexander es mi hermano.
Doris le advirtió: —Por cierto, ¿cómo está la situación con Ernesto? Si vas a revelar la identidad de Alexander, es muy probable que Ernesto intente algo.
Higinio, que ya lo había previsto, contestó: —Yo también lo pensé, pero ya estoy bien preparado. Ni mi abuelo ni Ernesto podrán hacer nada. Ya es hora de ponerle un punto final definitivo a esta guerra interna en la familia Villar.
Al escuchar esto, Doris rió con gusto: —¡Pues entonces te deseo que todo salga perfecto por allá!
Higinio respondió con una sonrisa: —Igualmente, espero que todo salga bien para ti.
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