Al escuchar las palabras de Doris, Carolina sintió como si le hubiera caído un rayo. Su cuerpo se estremeció violentamente y sus ojos se llenaron de desesperación e incredulidad.
¡Nunca imaginó que Doris le había puesto un micrófono!
Carolina miró fijamente a Doris, con la voz temblorosa por el miedo: —Doris, ¿cuándo demonios me pusiste ese micrófono?
Sin embargo, Doris no respondió directamente a su pregunta. En cambio, curvó los labios en una sonrisa burlona y respondió con otra pregunta: —¿Tú qué crees?
Carolina sintió que el mundo giraba a su alrededor.
Su mente se quedó en blanco.
Se dio cuenta de que todo había quedado expuesto: desde el asesinato de ese animal de Eduardo, hasta los secretos que discutió con Damián en el Centro de Talento Creativo... ¡Doris lo sabía todo gracias al micrófono!
El rostro de Carolina se puso pálido, sus labios perdieron color y murmuró para sí misma: —Ya valió... ya valió todo...
Doris miró la expresión aterrorizada de Carolina y soltó una risa sarcástica: —Carolina, te dije que no es que no te fuera a cobrar las cuentas, es que todavía no quería hacerlo. Gracias, mi micrófono andante.
Después de burlarse de Carolina, miró a Augusto y agitó la cajita plateada en su mano. —Augusto, con todas estas pruebas que proporcionó Carolina, tu Dami está acabado, ya no tiene salvación.
Dicho esto, Doris se fue con la cajita plateada, sin ninguna intención de golpear a Carolina ella misma.
Bah, le daba asco ensuciarse las manos con ella.
¡Que Augusto se encargara de ella!
De todas formas, Augusto seguramente descargaría toda su furia contra Carolina al saber que Damián no podría salvarlo.
Una pelea de perros... ¡siempre era su espectáculo favorito!
Efectivamente, poco después de que Doris se fuera, se escuchó el rugido furioso de Augusto desde atrás: —¡Carolina, eres una estúpida!
Doris sonrió.
De repente, sonó su celular.

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