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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 901

Enrique no respondió.

Rubén quería insistir, pero al toparse con la mirada asesina de Izan, se tragó sus palabras. Originalmente, Izan lo había sacado del asilo para enviarlo al extranjero, así que no entendía cómo diablos había terminado de regreso en el país y, para colmo, en el carro del viejo.

Izan apretaba los puños con fuerza, los nudillos blancos. Él estaba igual: al despertar se encontró dentro del vehículo de su abuelo. Y no solo él; también estaban Héctor y Rubén, el padre de Higinio, a quien supuestamente ya había despachado fuera del país.

De golpe, entendió todo.

¡Higinio les había tendido una trampa a los tres!

El primero en darse cuenta había sido Héctor. Sabía que Higinio los había acorralado, pero ignoraba qué planeaba Ernesto para vengarse de Enrique. Su sospecha era que el carro ya había sido manipulado por Ernesto. Podían ser los frenos, una bomba, o quién sabe qué más... En resumen: estar en el mismo vehículo que el abuelo era una sentencia de muerte.

—Abuelo —dijo Héctor, tratando de mantener la compostura—, ¿qué está pasando realmente?

Enrique finalmente rompió el silencio:

—Yo tampoco lo sé. Esta mañana, antes de salir, Higinio ordenó que los subieran al auto. Dijo que hoy ocurriría algo inevitable, que yo podría correr peligro, y que si ustedes venían conmigo, yo estaría a salvo.

Héctor no se tragó el cuento. ¿De verdad el viejo no sabía nada? ¿O estaba actuando en complicidad con Higinio para obligarlos a confesar que querían usar a Ernesto como arma? Si era una actuación, el viejo no se pondría en riesgo real. Pero si no lo era... y no detenían el plan de Ernesto, todos volarían en pedazos junto con el abuelo.

Izan compartía esa inquietud. La noche anterior supo que Ernesto había exigido que Enrique fuera personalmente a recoger a su hermano, así que dedujo que el ataque sería en el trayecto. Si el plan de Ernesto funcionaba, perfecto. Si no, Izan ya tenía un plan B: un camión de carga contratado para provocar un accidente fatal.

¡El viejo tenía que morir hoy!

De lo contrario, en la junta familiar de la próxima semana, él perdería cualquier oportunidad de heredar el control de la familia Villar. Pero la ironía era cruel: ahora él estaba en el blanco. Si el camión que contrató aparecía, él moriría aplastado junto con Enrique.

En ese momento, el chofer palideció de golpe y gritó con pánico:

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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