En realidad, Félix Figueroa preguntaba por no dejar, pero no tenía muchas esperanzas.
Sabía que Dorita estaba tapada de trabajo en Solara.
Pero para su sorpresa, Doris respondió sin dudar: —Sí, de hecho ya voy en camino al pueblo.
—¡¿Qué?! ¡¿Ya vienes?! —la voz de Félix sonaba incrédula—. Si ibas a venir, ¿por qué no avisaste antes?
—Pues para darles la sorpresa —rio Doris—. A ver, dime, ¿a poco no te sorprendiste?
—...Pues sí, vaya que es sorpresa —admitió Félix—. ¿Vienes sola o con el galán de tu prometido?
—Vengo sola.
—Está bueno, maneja con cuidado. ¡Aquí te esperamos con la cena lista, le aviso a los vecinos!
Doris condujo media hora más hasta llegar al Pueblo de la Luna.
El abuelo Mauro Palma y Ricardo, que ya sabían la noticia, la esperaban a la entrada del pueblo.
Al ver el carro de Doris, las caras de ambos se iluminaron.
—¡Doris! —dijo Mauro con una gran sonrisa—. Félix me dijo que venías y me vine corriendo a esperarte. ¡Qué alegría ver a mi nieta!
Doris abrió la puerta para que subieran. —Abuelo, ¿cuánto tiempo llevas aquí parado? No me digas que media hora.
—Más o menos, es que quería ser el primero en verte —dijo Mauro contento.
Ricardo se sentó junto al agente 001, que venía protegiendo a Doris, y se quedó callado. No sabía qué decirle, así que prefirió escuchar.
—¿Viniste especialmente para pasar la Navidad con este viejo? —preguntó Mauro.
Por supuesto, Doris no podía decirle que venía a desmantelar el plan terrorista de Iván, así que sonrió y dijo: —¡Claro que sí! ¡Vine especialmente a verte a ti y a mis vecinos!
Mauro sonrió de oreja a oreja.

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