Escapando de él, Lilianne tropezó y casi cae al suelo, pero unos fuertes brazos la sujetaron por la cintura.
Su cuerpo giró y su rostro quedó pegado a una camisa blanca. El perfume amaderado que Douglas siempre usaba invadió sus sentidos.
—¡Suéltame! ¡Suéltame, mentiroso!
Comenzó a luchar con rabia, pero Douglas no la soltó.
—Cálmate, cálmate. Voy a explicártelo. Las cosas no son como crees...
—¡¿Entonces cómo son las cosas, Douglas?!
Levantó la cabeza de golpe para enfrentarse a aquellos ojos grises llenos de tormentas.
—¡Dime! ¿Por qué no le dijiste a toda esa gente que ya tenías esposa? ¿Por qué dejas que Karla ocupe mi lugar? ¡¿Acaso te avergüenzas de mi cojera?!
—¡Nunca jamás repitas esa tontería! —rugió Douglas, abrazándola con más fuerzas, desesperado.
¡Maldita sea! ¿Por qué Lily había tenido que aparecer precisamente ahora en Sydney?
—Mírame bien, Lilianne. Mírame.
El hombre alto bajó la cabeza, le sostuvo las mejillas y la obligó a enfrentarlo.
—Todo lo que escuchaste ahí dentro es solo una estrategia comercial. Un circo que montamos para esta noche. Les decimos lo que quieren escuchar, eso es todo...
—¿Eso es todo? ¡Paul ni siquiera sabía que yo era tu esposa! ¿Sabes que el guardia casi me saca a patadas de tu mansión porque pensó que era una loca que te acosaba?
Lilianne continuó empujándolo por el pecho.
En aquel momento solo quería poner distancia entre ambos, pero Douglas la apretaba cada vez más, como si temiera que volviera a escapar.
—No hemos tenido tiempo de hablar sobre cosas privadas. No veo a Paul todos los días... Y ese idiota del guardia va a pagar por lo que hizo...
La expresión de Douglas se volvió peligrosa, para luego suavizarse un poco.
—Lily, cálmate un momento. Hablemos con tranquilidad. Espérame en la alcoba...
—Vas a volver a ocultarme, ¿verdad? ¿Por qué no me envías mejor a un hotel para que nadie me vea por accidente?
Los ojos color chocolate de su esposa, cargados de dolor, se clavaron en el pecho de Douglas, que maldecía en todos los idiomas que conocía.
Pero en aquel momento no tenía tiempo para escenas.
Tenía contratos que firmar y un patrimonio que salvar.
—No voy a enviarte a ninguna parte. Te explicaré todo lo que quieras, pero necesito que me apoyes esta vez, Lilianne.
Su voz se volvió más seria, adoptando aquel tono de magnate con el que daba órdenes a todo el mundo.
—Estoy en medio de algo que puede salvar o hundir mi empresa. No puedo montar un escándalo ahora. ¿Lo entiendes?
Douglas la sujetó con firmeza por los hombros.
—No puedo entrar ahí y decirles que las palabras ambiguas de Karla son mentira. Como mi esposa y como señora Calder, apóyame, Lily. Te necesito, amor. Karla solo me está ayudando. No somos nada. Solo somos socios.
Y Lilianne volvió a comprar cada palabra que salió de aquella boca sexy, la misma que descendió para besarla entre las sombras de los pinos.
Volvió a ocultarse.
Subió como una fugitiva a la alcoba de Douglas, situada en el segundo piso, bajo la mirada curiosa del mayordomo.
Nadie sabía quién era aquella mujer que caminaba con bastón y a la que el dueño de la casa había ordenado guiar hasta su habitación y tratar con respeto.
Lilianne contempló la enorme habitación, decorada en tonos sobrios, con líneas rectas y minimalistas que encajaba perfectamente con el carácter de su esposo.
—¿Quiere que la ayude a acomodar sus pertenencias? ¿Necesita alguna otra cosa?
—Estoy bien, gracias. Prefiero que no me molesten.
Despachó al mayordomo, ni siquiera tenía hambre y, por fin, se quedó sola.
Estaba cansada por el viaje, todavía enfadada y con ideas demasiado horribles dándole vueltas en la cabeza.
Miró el bastón y lo dejó apoyado cerca de la puerta que comunicaba con un enorme cuarto de baño.
Decidió darse un buen baño y ordenar sus pensamientos.
Quería mantener una conversación larga con Douglas.
Quería contarle sobre su recuperación, aunque todavía necesitaba continuar con los ejercicios.
Cuando la bañera estuvo llena, Lily se desnudó y se metió en el agua.
Se sumergió en el aroma cítrico de las sales de baño y cerró los ojos durante un tiempo indefinido.
Pero antes de quedarse dormida en el agua caliente, la puerta del baño se abrió lentamente.
Douglas apareció recortado a contraluz.
El apuesto hombre de un metro ochenta avanzó hacia ella con la camisa abierta.
Se había quitado los zapatos y la chaqueta, dejando al descubierto los fuertes músculos de su pecho, mientras el pantalón de sastre colgaba de sus estrechas caderas.
—Me alegra que hayas preparado el baño para los dos.
Las palabras masculinas se arrastraron con aquella sensualidad ronca que siempre conseguía hacerla temblar.
Colocó sobre el borde de la bañera la botella de champán que llevaba en una mano, acompañada de dos copas.
Después se inclinó sobre ella y atrapó su boca en un beso profundo y depredador.
Lily jadeó, dejándolo invadirla y recorrerla con hambre.

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