Remigio miró a Joaquín, sin atreverse a tener demasiadas esperanzas.
Lo más seguro era que se opusiera tajantemente.
Pero, para su inmensa sorpresa...
Joaquín no titubeó en lo absoluto ni mostró el menor rastro de disgusto.
—Claro que sí, me parece perfecto. Mientras Nanette y el bebé estén sanos y fuertes, no me importa qué apellido lleve.
Remigio se sintió profundamente conmovido.
—Consuegro...
—Y te lo aclaro desde ahora, Remigio —advirtió Joaquín señalándolo con el dedo—: nadie obligó a Nanette a tener este bebé. Así que deja de acusarme de esas barbaridades.
Remigio soltó una carcajada.
—Lo sé, lo sé.
Sabina no podía borrar la enorme sonrisa de su rostro.
—Entonces, el día de la boda vamos a tener que cuidarla como si fuera de cristal. No podemos permitir que tenga el más mínimo tropiezo.
—Exacto —secundó Daniela—. Ese día todos tendremos que estar doblemente atentos.
—Mandaré a organizar un círculo de seguridad a su alrededor —anunció Joaquín.
—Si no confías en ellos, puedo traer a mis guardias militares vestidos de civil —propuso Remigio.
—No, no, eso se vería muy mal y llamaría la atención. Yo me encargaré de contratar guardaespaldas profesionales —replicó Joaquín.
—¿Y crees que tus guardaespaldas sirvan para algo? —cuestionó Remigio.
Joaquín frunció el ceño, ofendido.
—¿Por qué no habrían de servir? ¡Serán hombres seleccionados con lupa!
—Pues a mí no me convencen. Cualquiera de mis muchachos trapearía el piso con tus hombres de seguridad.
Joaquín soltó un bufido indignado.
—¡Para tu información, tengo a varios ex militares de fuerzas especiales en mi nómina! ¡Los estás subestimando!
—¿Quieres apostar? ¿Acaso quieres que los pongamos a pelear? —retó Remigio.
—¡Cuando quieras! ¡No te tengo miedo! —respondió Joaquín, alzando la voz.
—Hablas como si yo te lo tuviera a ti...
Nanette se acurrucó contra el pecho de Noel, suspirando.
—Y ahí van de nuevo.
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