Venancio buscó una mesa y ambos tomaron asiento.
Solo entonces Nanette se sintió con la confianza para hablar.
—Te veo un poco pálido, ¿estás enfermo de algo?
Venancio se recostó de forma perezosa en el respaldo de la silla.
—¿Estar enfermo del corazón cuenta como una enfermedad?
No era difícil deducir a qué se refería.
Pero en esos problemas domésticos, nadie más podía inmiscuirse.
—El bebé...
—Aún lo tiene.
Sin embargo, no se veía ni una pizca de alegría en el rostro de Venancio.
—Pero se nota que aún está muy indecisa. Si ha estado posponiendo esto hasta ahora, seguramente es por lo que le dije ese día.
Venancio suspiró profundamente.
—Olvídalo, no quiero hablar de lo mío, solo lograré amargarme más. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo te ha ido últimamente?
Nanette:
—Muy bien.
Venancio se inclinó para examinar su rostro de cerca.
—¿De verdad estás bien o solo lo dices?
Nanette le ofreció una sonrisa forzada.
—Aunque esté mal, tengo que estar bien.
—Mjm. Esa es la verdad. ¿Cómo podrías estar bien?
Tener frente a ti a la persona que amas sin poder acercarte, tener miedo de decirle algo, solo pudiendo observar cómo otra mujer marca su territorio al lado de él.
¿Cómo podría estar bien?
Venancio soltó una sonrisa amarga.
—No sé qué me pasa últimamente, pero he empezado a extrañar mucho cuando empezamos nuestro negocio.
—En aquel entonces te dedicabas de lleno al desarrollo y yo me encargaba de buscar inversionistas. A veces teníamos que rebajarnos ante los demás solo por un poco de dinero, pero nunca nos sentimos agotados, todo lo contrario; sentíamos que teníamos un propósito y éramos felices todos los días.
—¿Qué me ha pasado ahora? ¿Es porque estoy envejeciendo, o porque las épocas cambiaron? ¿Por qué me siento tan cansado, tan vacío por dentro?

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