Ambos se sumieron en un breve silencio.
En realidad, los dos tenían muchas cosas que decirse, pero sabían que no debían hacerlo.
Finalmente, Nanette rompió el hielo.
—¿Por qué no me dijiste aquel día que el presidente Zamora, de Automotriz Zenith, era el hermano de la señorita Zamora?
—El contrato ya estaba firmado —respondió Noel—. Decirlo o no carecía de importancia.
Era cierto.
Aunque se lo hubiera dicho, ¿qué habría cambiado?
Tampoco podía incumplir el contrato.
Nanette recordó las palabras de Jovita.
—Supongo que está bien. Al fin y al cabo, todos nos conocemos, así que la colaboración será más fluida.
De pronto, un mesero pasó a toda prisa por su lado, sobresaltando a Nanette.
—Deberías volver ya. Si nos quedamos hablando mucho tiempo, la señorita Zamora podría malinterpretarlo.
El corazón de Noel dio un vuelco.
—Te acompaño hasta la salida.
—No es necesario.
Nanette se dio la media vuelta y comenzó a alejarse.
Así debían ser las cosas entre ellos.
Cada palabra, cada acción, debía tener un límite estricto.
Pero un grito ahogado, cargado de pánico, hizo que Nanette se girara de golpe.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Tan rápido que Nanette se quedó congelada, incapaz de procesar lo que veían sus ojos.
Camila tenía un cuchillo clavado en el abdomen.
La sangre brotaba a borbotones por la herida.
Y la persona que sostenía el arma no era otra que Yolanda Camoso.
Nadie sabía cómo aquella mujer, que había desaparecido por completo del ojo público y de la que todos se habían olvidado, había terminado allí.
Ni cómo se las había arreglado para colarse en la gala armada con un cuchillo.
Era Yolanda, pero al mismo tiempo no parecía ser ella.
Parecía una demente.
Intentaba arrancar el cuchillo del vientre de Camila.
Porque a quien realmente quería matar...
Era a Noel.
Y Camila se había interpuesto para recibir la puñalada por él.

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