Las palabras de Renato Ibáñez lograron tranquilizar un poco a Violeta Pizarro. Era de conocimiento público que Estrella Robles ya había asumido un rol importante dentro del Grupo Harrington, lo que dejaba más que claro el nivel de respaldo que tenía por parte de Maxwell Harrington.
—A decir verdad, me preocupa más Marcelo Castañeda —comentó Renato, frunciendo el ceño.
Violeta lo miró sin dar crédito a sus palabras. Apenas escuchó el nombre de Marcelo, su expresión se ensombreció.
—¿Por qué habría de preocuparte ese sujeto?
—Sus sentimientos por Estrella...
—¡Ese infeliz! No es más que basura —lo interrumpió Violeta de tajo, aterrada de escuchar la palabra 'sentimientos' asociada a él.
Para ella, Marcelo era peor calaña que el mismísimo Alonso Echeverría. Durante la encarnizada guerra entre Estrella y la familia Echeverría en Nueva Cartavia, Marcelo se había erigido como una deidad protectora a sus espaldas. ¡No solo Estrella! Todos creían ciegamente que Marcelo era el refugio seguro que ella necesitaba. Cuando por fin se desvinculó de Alonso, muchos pensaron que Marcelo era su destino ideal. Pero quién iba a imaginar las atrocidades que terminarían ocurriendo.
El infierno que Estrella vivió al llegar a Oricalco habría quebrado la mente de cualquiera. Si no los volvía locos, al menos les freiría el cerebro.
—¡Entre Estrella y él jamás habrá nada! Y si sigue acosándola, lo único que conseguirá es terminar exactamente igual que Alonso.
Violeta había sido testigo de primera mano del asco y desprecio absoluto que Estrella sentía ahora por cualquier asunto romántico.
—¡Ese es mi mayor temor! —admitió Renato.
Marcelo no daba señales de haber pasado la página. Si continuaba sofocando a Estrella, existía un riesgo real de que se convirtiera en el próximo Alonso Echeverría.
—El que busca su propia ruina, tarde o temprano la encuentra —sentenció Violeta con frialdad.
Renato se quedó en silencio. Esa frase había sonado letal.
—Bueno, ya basta de hablar de él. Mejor ocúpate de investigar qué traman en tu casa.
El silencio de los Ibáñez era ensordecedor. Y ese tipo de calma era exactamente lo que aterraba a Violeta; olía a la quietud antes del huracán.
—Tranquila, ya tengo gente investigando el asunto —respondió él con un murmullo.
No solo Violeta sentía que algo andaba mal con el silencio de la familia Ibáñez; el propio Renato compartía esa inquietud. Violeta se acomodó contra su pecho. Justo cuando iba a añadir algo, el celular de Renato sonó de golpe.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...