Isidora ordenó a la cocina preparar una sopa y averiguó los platillos favoritos de Marcelo, empacando todo para que Mariela se lo llevara al Grupo Castañeda.
Antes de salir, Isidora le advirtió una y otra vez:
—Acuérdate de lo que dijo tu cuñada: a los hombres les gustan las mujeres dóciles, ¿entendiste?
Mariela estaba bastante de acuerdo con el consejo de Mónica.
Asintió: —Ya sé.
Qué fastidio, si tenía mal carácter era culpa de Estrella.
Desde que esa mujer entró a la familia Echeverría, su humor había ido de mal en peor.
¡Todo era porque esa mujer la sacaba de sus casillas!
En cuanto le llevara la comida a Marcelo, vería cómo encargarse de esa maldita.
Mariela subió al carro y se fue.
El mayordomo se paró detrás de Isidora y comentó: —Ojalá la señorita Mariela pueda controlar su carácter. Dicen que el señor Castañeda no es un hombre fácil de tratar.
Aunque Marcelo llevaba pocos meses de regreso en Nueva Cartavia, los rumores decían que tenía un carácter difícil y que los que lo hacían enojar no acababan bien.
Y Mariela no era precisamente del tipo que sabe complacer a los demás.
Si chocaba de frente con Marcelo, la cosa no iba a funcionar.
Al escuchar al mayordomo, Isidora suspiró: —Ya le dije todo lo que tenía que decirle, ojalá entienda.
Con el problema de los Galindo encima, los Echeverría necesitaban concretar la alianza con los Castañeda sí o sí.
Nadie llega a la cima solo; las alianzas son clave.
¡Y los Galindo se estaban tambaleando!
Por eso Isidora deseaba con todas sus fuerzas que lo de Mariela y Marcelo funcionara.
Mariela, vestida con un conjunto de alta costura de Chanel, bajó del auto frente al Grupo Castañeda y se arregló el cabello con arrogancia.
Miró hacia arriba, contemplando la Torre Castañeda.
Había que admitir que, en un lugar como Nueva Cartavia, solo el Grupo Castañeda estaba a su nivel.
Mariela entró con la nariz levantada, cargando el termo, y se dirigió a la recepción.
Después de todo este ir y venir, la paciencia de Mariela llegó a su límite.
—¿Que no está? ¡Pues averigua dónde está!
La recepcionista no supo qué decir.
Mariela, sacando su lado prepotente, se quitó los lentes y fulminó a la empleada con la mirada.
—Voy a esperarlo en su oficina. Llama y pregunta a qué hora regresa.
—Disculpe, eso no es posible —respondió la recepcionista, endureciendo el tono ante la mirada agresiva.
—¿Qué dijiste? ¿Sabes quién soy? ¿Me crees capaz de hacer que él...
—El señor Castañeda no está, y nadie puede entrar a su oficina sin autorización.
Mariela fue interrumpida tajantemente antes de terminar su amenaza.
Estaba a punto de desmayarse del coraje.
Todos estos años había entrado y salido de donde quisiera, ¿desde cuándo una recepcionista se atrevía a detenerla?

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