Se hizo un silencio sepulcral en la habitación del hospital.
La cara de Mónica cambió drásticamente, y la de Isidora no estaba mucho mejor.
—¿Qué... qué dijiste? ¿Que ayer ni siquiera entró? —preguntó Isidora.
—Sí, nunca entró. Marcelo la interceptó a medio camino —confirmó Mariela.
Isidora y Mónica se quedaron mudas.
—Y fue el propio Marcelo quien fue por ella —continuó Mariela—. Fue personalmente a recogerla. ¿Qué es Estrella para él? ¿Cómo puede estar negociando el matrimonio conmigo por un lado y protegiendo a Estrella por el otro?
En ese momento, Mariela estaba completamente histérica.
Ya le daba bastante coraje que su hermano protegiera a esa mujer que no era nadie, salida de un orfanato.
Y ahora esto.
Aparecía un tal Marcelo...
Regina ya estaba haciendo todo lo posible para concertar el matrimonio entre las dos familias, y él, muy tranquilo, enredado con Estrella.
—¡Esa maldita! —exclamó Isidora.
Isidora sentía que se iba a desmayar del coraje.
Marcelo... resultó que Marcelo se la había llevado.
—Es ridículo, y nosotras esta mañana pensando en cómo presionar para que no saliera.
Incluso pensaban en que muriera ahí dentro.
¿Qué ironía, no?
La persona estaba ahí fuera, tan campante.
Mónica, que no había dicho nada, miró a Mariela:
—¿Y piensas dejarlo así? Te gusta mucho Marcelo.
—¿Cómo voy a dejarlo así? No voy a permitir que esa maldita tenga una vida fácil —respondió Mariela.
Atreverse a robarle a Marcelo...
Iba a pagar por eso.
Justo entonces llegó el médico tratante:
—Señora Echeverría.
Al ver que había un extraño, Isidora y Mónica guardaron su odio hacia Estrella.
—¿Qué pasa? —preguntó Isidora.
—El estado del niño no es bueno, deberían ir a verlo.
Se refería al bebé.
Estrella: «……»
¡Otra vez sopa para la anemia!
—Ya casi se te pasó el periodo, ¿verdad? —preguntó él.
Al escuchar eso, Estrella detuvo la cuchara en el aire y lo miró.
La palabra «periodo», en ese momento entre ellos, sonaba especialmente irónica.
—Así que hasta ahora, sigues sin creerme que esta vez...
—Estrella —la interrumpió Alonso.
La mirada que le dirigió se suavizó un poco.
Extendió la mano.
Su palma cálida cubrió el dorso de la mano de ella:
—Recupérate bien. Ya tendremos hijos, no hay prisa con eso.
Estrella se quedó callada.
¡No hay prisa!
Así que, en efecto, no creía que ella estuviera realmente embarazada esta vez.

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