Miré todo atentamente, sin creer ni por un segundo que Camila de verdad se atreviera a acabar con su vida.
Tal como imaginé, Carlos le sujetó la muñeca al instante.
Me reí con amargura por dentro. Claro, ella ya había calculado que, estando Carlos tan cerca, él la detendría. Todo fue una farsa.
Y lo más ridículo era que mi hermano, cegado por el amor, cayó por completo.
Furioso y desesperado, le arrebató el cuchillo de las manos y lo lanzó con fuerza al suelo, gritándole con enojo:
—¿Cómo puedes ser tan tonta? ¡Te dije que confío en ti y siempre voy a confiar en ti!
Camila se cubrió la cara otra vez y lloró.
—Que mientan así sobre mí se siente tan mal... Hoy Aurora los trajo aquí a “atraparme”, mañana inventará otra calumnia. Tú me crees esta vez, ¿y la próxima? La semilla de la duda ya está sembrada en tu corazón y, un día, va a salir a la luz. Cuando eso pase, nuestro amor no podrá continuar.
—¡Eso nunca pasará! —Carlos, casi fuera de sí, me lanzó una mirada llena de rabia—. ¡Mira lo que hiciste! ¿Qué hay de malo en que ella y yo nos amemos? ¿Por qué tienes que arruinarlo todo?
—Es cierto —dijo Zella.
—Camila es tan buena, tan digna, y tú la calumnias así. Si no hubiera reaccionado rápido el señor, Camila se habría quitado la vida por tus mentiras.
—¡Mira el lío que armaste! —me reprendió mi padre, furioso.
—Si tu hermano se hubiera tardado un segundo más, Camila estaría muerta. ¿De qué te sirve acusar a alguien de tantas cosas, y encima de infidelidad? Si ella hubiera muerto aquí mismo, tu hermano seguro se hubiera ido con ella. ¿Acaso no te sentirías culpable por eso?
En mis oídos solo resonaban sus reproches y los sollozos débiles de Camila.
Los miré, con una rabia que no puedo describir.
Hace cuatro años, cuando ellos me difamaron juntos, me sentí devastada, como si Dios mismo me estuviera castigando.
Tardé muchísimo en superar esa traición.
Creí que mi corazón ya estaba lo bastante fuerte como para no dejarse herir otra vez por esta familia tan cruel que tengo.
Pero ahora, al ver a mi padre acusarme otra vez, incluso aliándose con mi enemiga, sentí un dolor en el pecho que me hizo temblar.
Una mezcla de furia, rencor y decepción empezó a fluir por mis venas.

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