—Sobre todo después de ver todo lo que pasaste en esos cuatro años, de verdad le guardé rencor a Mateo y no quería que siguieras con él. Sentía que lo único que te daba era dolor —dijo Valerie.
Alan abrió la boca de inmediato, listo para meter la cuchara.
Pero Valerie continuó:
—Sin embargo, también me di cuenta de algo. Cuando de verdad te alejas de Mateo, te veo más triste. Como si él fuera la persona que más puede lastimarte y, al mismo tiempo, el único capaz de hacerte feliz. Estos días vas al set a verme, sí, pero andas ida. En tus ojos se nota la tristeza. Así que, Aurorita, deja de darle tantas vueltas y no busques culpables. Puede que él no sepa amar bien, pero te ama. Si quieres ser feliz, atrévete a abrirle el corazón.
Cuando dijo eso, Valerie parecía otra persona.
Ella siempre fue relajada y nunca se ponía tan firme con temas del amor.
Hasta Alan se quedó sorprendido y la miró, boquiabierto.
Valerie me abrazó y suspiró:
—Ahora soy muy feliz, y por eso quiero que tú también lo seas. Quiero que estemos bien los cuatro.
Alan la miró con una ternura que yo no le conocía.
En ese momento, Valerie parecía otra, casi una consejera hablándome sin parar.
La escuché con atención, pero por dentro sentí una tristeza que no sabía explicar.
Miré la noche allá afuera y sonreí con amargura:
—¿Y si esta noche él no viene?
—Va a venir, seguro. Y si no, me corto la cabeza y te la doy para que juegues fútbol —dijo Alan, segurísimo.
Valerie le dio una patada, molesta:
—¡Arruinas el momento! ¡Sal de aquí!
No pude evitar reírme con ellos.
Pero, mientras me reía, se me llenaron los ojos de lágrimas.

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