En realidad, Mateo seguía convencido de que yo, en el fondo, amaba a Javier, y que todo lo que hacía para retenerlo era solo por los niños. Por eso tenía que explicarle todo con claridad. Aunque no me creyera, debía demostrárselo con hechos.
Valerie me tomó del brazo, nerviosa:
—¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos ir así nada más?
—Ese tipo es un terco. Espérenme —dijo Alan arremangándose—, voy a buscar a Mateo para darle un golpe y que despierte.
Corrí a detenerlo y le dije:
—Déjame a mí.
En ese momento Mateo ya había llegado a su auto. Pero en vez de abrir la puerta de inmediato, volteó a verme.
Bajo la luz tenue del patio, su silueta era como una estatua solitaria entre las sombras. Se quedó mirándome un buen rato. Aunque no alcanzaba a verle la cara, se le notaba la melancolía.
Después de unos segundos, miró a otro lado y abrió la puerta del auto.
Le hablé en voz baja:
—Alan no te mintió. Estoy herida de verdad.
Mis palabras dejaron a Alan y a Valerie boquiabiertos. Sobre todo a Alan, que estaba a punto de levantar el pulgar como para felicitarme.
Mateo se quedó inmóvil. Después de dos segundos de silencio preguntó en voz baja:
—¿Dónde estás herida? ¿Es grave?
—Muy grave. Si no me atienden creo que no me queda mucho...
—¡No digas tonterías! —me cortó de inmediato.
Seguro pensó que estaba hablando de suicidarme y se enojó. Me miraba intensamente, con la mano todavía en la manija del auto.
Lo miré y respondí con seriedad:
—No es broma. Tengo el corazón herido.
Alan entendió al instante y me apoyó:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)