Eso sonó extraño, como si dijera que cada vez que le quitaba la ropa, lo hacía de forma brusca.
Sin darle más vueltas a su comentario, abrí su camisa para revisar la herida. Él intentó detenerme, pero yo lo miré, molesta:
—Mateo, ¿ya vas a dejar de jugar? —grité, irritada.
Al final, soltó la camisa y me sonrió, resignado.
—¿Quieres que me la quite toda para que revises a gusto? —preguntó, con un tono burlón.
Tal como temía, la herida todavía no cerraba y hasta estaba un poco inflamada. En el borde se notaba sangre fresca.
Mateo me acarició la cabeza y murmuró en voz baja:
—No pasa nada. Es solo un rasguño. En un rato se va a hacer costra.
—Si es solo un rasguño, ¿por qué me lo escondes? —contesté en voz baja, tomando el celular para hacer una llamada.
Él cubrió la pantalla con la mano, molesto.
—¿A quién vas a llamar?
—A Alan, para que nos venga a buscar —contesté.
En cuanto acabé de hablar, él me quitó el celular de las manos y me abrazó.
—No quiero. No quiero que venga.
—Entonces llama a Asher para que nos recoja, o pedimos un auto nosotros...
—¡No! —me apretó más fuerte, apoyó el mentón en mi hombro y murmuró—: Ahora entiendes por qué te lo ocultaba, ¿verdad? Tenía miedo de que quisieras sacarme de aquí de inmediato. Aurora, no quiero irme todavía. Quiero quedarme contigo aquí unos días más. Aquí no hay nadie, no hay ruido ni malentendidos, solo tú y yo. Si pudiera, me quedaría contigo aquí para siempre.
En sus palabras se notaba su inseguridad. Por primera vez, sentí de verdad su miedo a perder lo que tenía. Seguía temiendo que, cuando regresáramos, yo me acercara de nuevo a Javier.
Le acaricié la espalda suavemente y susurré:
—Mateo, tarde o temprano tenemos que volver. Después de todo, Embi y Luki nos están esperando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)