No necesitaba levantar la vista para sentir lo intensa que estaba su mirada.
Ardía.
Yo solo pensaba en una cosa. Tenía que esconder esa prenda antes de que Mateo la encontrara.
Si no, iba a empezar a mirarme.
Pero ¿qué excusa podía inventar para sacarlo del cuarto y esconderla?
Estaba tan metida pensando que, sin querer, presioné demasiado fuerte su herida.
—¡Ah! —exclamó él.
Me asusté de inmediato.
—¿Estás bien? Perdón, perdón...
Mateo sonrió y me despeinó con cariño.
—Solo te estoy molestando.
—¡Tú...! —lo miré molesta, pero al final me contuve.
No podía enojarme con él cuando seguía lastimado.
Terminé de aplicar la pomada con cuidado. Luego tomé una gasa y me dispuse a vendarle las heridas, pero él dijo que no.
Su argumento fue tan absurdo como típico de él: como tenía heridas en el pecho, en el costado y en la cintura, si lo vendaba entero iba a ser como ponerle una camisa de gasas.
Y entonces —según él— no iban a poder "hacer vida de pareja".
No sabía si reírme o gritarle.
Aun así, por su insistencia, terminé dejándolo sin vendar.
Guardé la pomada, el yodo y las gasas en el botiquín sin mirarlo.
—¿Por qué no vas al estudio a trabajar un rato? —le propuse.
—No quiero. Estos días no tengo nada que hacer —contestó con tranquilidad.
Me mordí el labio.
¿En serio pensaba quedarse aquí todo el día? Así no había manera de esconder la ropa.
Recogí las cosas distraída, pensando en cómo sacarlo del cuarto.
Y justo cuando me volteé, vi cómo Mateo tiraba de las sábanas y se recostaba en la cama.
Alarmada, corrí hacia él.
—¿Qué haces?
Él me miró, sonriendo:
—Dormir. ¿Me acompañas?
Yo respondí de inmediato:
—No tengo sueño. Y tú tampoco deberías dormir, acompáñame.

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