Entrar Via

Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 1115

Lo más impresionante era que Mateo llevaba una mochila en la espalda, con los dos termos de los niños llenos de agua, y aun así no se le notaba el cansancio.

Estaba radiante, con energía de sobra.

Casi daban las cinco cuando ya no podía más.

Me senté en un banco y no quise moverme.

Mateo venía de terminar una vuelta en la montaña rusa infantil con los dos pequeños.

Los tres caminaban hacia mí tomados de la mano, con la luz del atardecer detrás.

El sol los envolvía en un resplandor dorado y, por un momento, sentí que esa era la imagen perfecta de la felicidad que siempre había querido: una familia unida, sencilla, completa.

Mateo llegó, sacó los termos de la mochila, los abrió y se los dio a los niños.

Mientras Embi y Luki bebían, me abrazó y se rio:

—¿Qué pasa? —preguntó, riéndose—. ¿Ya te cansaste?

La verdad, sí.

Estaba agotada... más que después de hacer "eso".

Al menos en la cama una puede estar recostada.

—Un poco —murmuré—. No te preocupes por mí, sigue jugando con ellos.

—No hace falta. Ya es hora de cenar; seguro los niños tienen hambre.

Los dos se terminaron el agua, taparon los termos y se pusieron a jugar con los juguetes que habían comprado.

Mateo me besó la mejilla.

Me miró con dulzura, como si se fuera a derretir.

Lo empujé, divertida.

—Te dije que tuvieras cuidado, los niños están mirando.

—¿Y qué tiene? Ellos también te besan todo el tiempo delante de mí.

Él agarró mis hombros y observó a los niños con ternura.

—Nunca pensé que podría tener algo así —murmuró.

En ese instante no quedaba en él ni rastro de la amargura de antes.

Todo su ser transmitía calma y cariño.

Pensé que Mateo siempre debió ser así: tranquilo, cálido.

Solo que la infancia difícil, más los tres años en que yo lo traté tan mal, lo habían vuelto inseguro y voluble.

De regreso a casa, Embi se quedó dormida en mis brazos y Luki se recostó sobre mis piernas.

Temía que Mateo se durmiera manejando, así que no me atreví a cerrar los ojos y seguí hablándole.

Después de todo, había manejado y jugado toda la tarde; debía estar agotado.

Tal vez notó el cansancio en mi voz, porque volteó hacia mí con una sonrisa, en un semáforo rojo.

—Duerme un poco. No tengo sueño, en serio.

Y era cierto: sus ojos no mostraban el menor rastro de cansancio.

Ahora que lo pensaba, su energía siempre había sido inagotable.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)