Alan gritó como loco mientras lo agarraba del cuello:
—¡¿Por qué la tocaste?! ¡Tú no la amas, entonces ¿por qué lo hiciste?! ¡Ella iba a casarse conmigo, íbamos a casarnos, maldita sea! ¿Por qué tenías que hacer esto?
Tenía los ojos completamente rojos.
Una y otra vez, le daba puñetazos cargados de furia a Carlos.
Carlos, sin embargo, no se defendió.
Se quedó ahí, recibiendo cada golpe, como si no tuviera fuerzas ni para resistir.
Entre jadeos, apenas le escuché un murmullo:
—Perdón...
Cerré los ojos. Corrí hacia ellos y empujé a Alan para separarlo.
Tomé a Carlos del brazo y le grité:
—¡Esto es una trampa, ¿verdad?! ¡Dímelo! ¿Sabías algo? ¡Esto no fue voluntario, ¿cierto?! ¡Valerie también fue víctima, dime que sí!
Pero Carlos no dijo nada.
Callado, con la mirada perdida, apenas respiraba, como si la culpa o la desesperación lo hubieran dejado vacío.
La impotencia me subió a la garganta.
Le di una bofetada con todas mis fuerzas.
—¡Habla! ¡Dime qué está pasando, maldita sea! ¡Habla!
Se me quebró la voz mientras gritaba.
Pero él siguió en silencio, con la cabeza hundida en las sábanas, mientras se reía y lloraba al mismo tiempo, como un loco.
Valerie empezó a llorar.
Deshecha, se cubrió con la sábana y gateó hasta Alan, intentando tomarle la mano.
Pero él se apartó.
La miró con una mezcla de tristeza y desprecio, y le habló con la voz llena de odio:
—¿Es porque íbamos a casarnos? ¿Porque no podías olvidarlo? ¿Viniste a verlo una última vez para despedirte, verdad?
Valerie dijo que no, desesperada, llorando.
—¿O fue que, como su relación con Camila no va bien, él te llamó y tú corriste a sus brazos? Al final, siempre lo amaste a él. Yo solo fui el reemplazo, el que escogiste cuando no te quedó otra opción.
—¡No es verdad! —gritó Valerie con desesperación.
Alan sonrió, con lágrimas en los ojos.
—Entonces, explícamelo.
Ella abrió la boca, pero ninguna palabra salió.

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