El vestíbulo del hotel estaba repleto; casi no cabían las decenas de periodistas y fotógrafos.
Entre el bullicio se mezclaban insultos contra Valerie y palabras de apoyo hacia Camila.
Apreté los dientes y apuré el paso para alcanzarla.
Pero había demasiada gente y apenas podía abrirme paso.
De repente vi que Valerie, cuando corría hacia la salida, chocó con alguien y cayó al piso.
Su gorra salió volando y en ese instante alguien la reconoció.
—¡Valerie está aquí!
—¡Valerie bajó!
Los gritos histéricos bastaron para que la multitud se le fuera encima.
Desesperada, empecé a apartar gente a empujones.
—Valerie, ¿desde cuándo tenías una relación a escondidas con Carlos?
—Dicen que Alan te pidió matrimonio y no aceptaste. ¿Fue por Carlos?
—Cuando te acostaste con él, ¿no pensaste que Carlos era el prometido de Camila? ¿Y la moral?
Cada pregunta era una puñalada.
Valerie se tapó los oídos y gritó, desesperada.
Con mucho esfuerzo llegué hasta ella, la abracé y les grité a los reporteros:
—Lo que vieron no es la verdad. Entre Valerie y Carlos no pasó nada. Todo fue una trampa de Camila.
—Aurora, ¿tienes pruebas? —preguntó alguien con tono sarcástico.
—Más bien parece que encubres a tu hermano y a tu amiga. Los tres son unos malnacidos; qué coincidencia, ¿no?
—Según dicen, hace cuatro años atacaste a Camila y casi la matas. Y ni te castigaron. ¿Eso también es poder del dinero?
—Como Mateo te defiende, ¿ya te crees dueña de Ruitalia? Mientras tanto, la pobre Camila tiene que aguantar tus abusos.
Los miré, seria, y hablé en voz alta:
—Lo repito: lo de esta noche fue una trampa. Les pido que se aparten. Voy a reunir pruebas y cuando todo esté claro, Valerie y yo vamos a dar explicaciones.
—¿Ah, sí? —dijo una periodista, desafiante—. ¿No será que solo quieres ganar tiempo?

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