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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 116

De pronto empecé a llorar a todo pulmón.

Le pregunté en qué hospital estaba, pero no me quiso decir, solo dijo que esperara.

Me quedé sentada frente a la puerta de la casa de los Bernard.

El sol empezó a ponerse lentamente. Era un día caluroso, pero yo sentía el cuerpo congelado.

Si de verdad le pasó algo grave a la abuela Bernard, ¿qué voy a hacer?

Siento que ni muriéndome podría compensar todo esto.

No sé cuánto tiempo pasó, pero, al final, Michael apareció.

Bajó del carro y se acercó rápido a mí:

—Aurorita, ¿qué haces aquí? ¿Estás bien? ¿Por qué te ves tan mal?

Con la voz quebrada, pregunté:

—¿Ya salió la abuela de emergencias?

—Todavía no, pero está mala.

Todo empezó a darme vueltas, me hice hacia atrás y sentí que el frío me invadía más.

Michael me abrazó fuerte, intentando calmarme:

—No te preocupes, la abuela va a estar bien. Hace dos años estuvo mucho peor y al final se recuperó.

Dos años atrás…

Fue justo cuando yo también la lastimé.

Sentí el pecho cerrado, apenas podía respirar, y le dije:

—Quiero verla. Llévame al hospital ahora mismo, por favor.

Michael me miró con cara tensa y dijo:

—Aurorita, ¿por qué no descansas un poco? Mi papá y mi hermano están con ella. Tranquila, va a estar bien.

Pero yo lloraba sin parar:

—La abuela está así por mi culpa. Por favor, llévame. Te lo ruego.

Michael apretó la boca y contestó:

Si a la abuela le pasaba algo, no era él quien tenía que desaparecer, era yo.

De pronto, una mano cálida me tomó la mano.

Michael me miró con preocupación:

—Aurorita, ¿por qué tienes las manos tan frías? ¿Te sientes mal?

Fue ahí cuando Mateo levantó la cabeza y me clavó la mirada.

Esos ojos oscuros, secos y pesados me hicieron temblar.

Me solté de Michael y caminé hasta él, cada paso me costaba.

Me paré frente a Mateo, miré la puerta cerrada de emergencias y, entre llanto, dije:

—Lo siento… todo esto es culpa mía. Si a la abuela le pasa algo, estoy dispuesta a pagarlo el resto de mi vida.

Mateo levantó la cabeza, me miró como si yo no valiera nada.

Y de repente, respondió con una carcajada cortante.

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