Sin embargo, ese día, el estacionamiento estaba casi vacío.
Al parecer, Waylon llegó antes y reservó toda la cafetería.
En efecto, apenas crucé la puerta, el gerente me avisó que Waylon ya estaba ahí, justo en el salón privado que yo había apartado.
También me dijo que cerraron el lugar para uso exclusivo suyo y que apenas lo habían despejado.
Cuando levanté la vista, confirmé que en toda la planta baja no había ni un cliente.
Ya me lo imaginaba.
Por suerte, Mateo mandó a su gente a distribuirse por todo el edificio con antelación.
Saber que él estaba ahí, aunque no lo viera, me daba una tranquilidad total.
Camila, en cambio, parecía a punto de colapsar.
Mientras subíamos las escaleras, me agarró del brazo, nerviosa:
—¿Y si Waylon intenta matarme?
Le respondí con una sonrisa irónica:
—Tranquila, por el bien de Alan, voy a hacer que mis guardaespaldas cuiden esa miserable vida tuya.
—¡Maldita! —me dijo entre dientes, furiosa.
Le respondí, sonriendo:
—Guarda tus fuerzas para discutir con Waylon.
Ella me lanzó una mirada hostil, sin responder; a mí no me importó. Con que viniera conmigo a verlo, me bastaba.
Seguí subiendo.
Cuando volteé para ver si me seguía, noté que miraba fijo hacia la entrada, como si esperara a alguien.
Alcé una ceja y le pregunté, sonriendo:
—¿A quién estás esperando?
Ella pensó la respuesta por un segundo, luego levantó la cabeza, con una sonrisa fingida:
—Solo me da curiosidad... Si viniste a ver a Waylon, ¿por qué Mateo no te acompaña? ¿No decías que él te ama? ¿Cómo puede dejar que vengas sola?
Me reí, con sarcasmo:
—No vine sola, ¿no estás tú aquí? Para Mateo, tú eres la mujer más astuta y peligrosa que existe. Contigo a mi lado, él puede estar tranquilo.
Mi tono fue tan cortante que ella no pudo fingir su papel de víctima de siempre, y me lanzó una mirada de pura hostilidad.

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