—¡Basta! —gritó Carlos, interrumpiéndome en seco.
Tenía los ojos rojos y me miraba desesperado.
—Solo quiero que me digas dónde está. ¿A quién la llevaste a ver?
En ese momento, Carlos ya no escuchaba nada más.
Se aferraba al mundo de mentiras que Camila le había armado.
Quizá, en el fondo, sabía que ya no había vuelta atrás.
Era mi hermano, el que más amé desde niña.
Verlo así... me rompía por dentro.
Reprimí la tristeza que me subía al pecho y respondí, seria:
—No sé dónde está. Lo único que sé es que se fue con Waylon y Henry. Si quieres saber de ellos, investiga por tu cuenta. Y supongo que ya lo sospechas: te tuvo entretenido a propósito y dejó de contestarte el teléfono porque quiso. Así que no fui yo la que la llevó con nadie, ella fue la que quiso ir.
Lo miré, firme.
—Hasta aquí llego. Si sigues creyendo que escondí a tu preciosa Camila, entonces ven y mátame. Me da lo mismo.
—Aurora... —murmuró, a punto de llorar.
—No creo eso. Solo... no la encuentro. Estoy desesperado. No sé qué hacer.
Se tapó la cara con las manos y se echó a llorar, temblando de impotencia.
Verlo así... solo me revolvía el estómago.
Esa mujer había destrozado tantas vidas y él seguía adorándola, llorando por ella como si fuera su ángel de la guarda.
Sentí odio, uno profundo e intenso.
—Si no sabes qué hacer —le dije, sin emoción—, entonces muérete.
Se puso rígido al instante.
Lo ignoré, tomé la mano de Luki y caminé hacia la casa.
Detrás, escuché a doña Godines, que le reclamó con dolor:
—Por una mala mujer, arruinaste tu propia vida. No vale la pena, muchacho. Piensa en Aurora, piensa en tu mamá, que ya no está.
Carlos no dijo nada.
Por dentro, solo me quedaba desprecio.
Si alguna vez hubiera pensado en mí o en mamá, jamás habría protegido a Camila. La verdad era simple: para él, la familia no valía nada.
Se quedó solo en el patio un buen rato.

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