Capítulo 14
Apenas le dije eso, noté que se enojó. Otra vez tenía esa mirada sombría en mí.
-¿De verdad quieres que esté con ella? - preguntó, antes de reírse con desprecio.
No pude evitar sentirme irritada.
¿Y ahora qué? ¿No era él quien quería estar con esa tal "lucecita de sus ojos"? ¿Qué tenía pues que ver eso conmigo?
¿Acaso si le dijera que no fuera, realmente le importaría? ¡Por favor! Yo era solo la amante a quien odiaba, no tenía ese tipo de poder sobre él.
Yo ya estaba ahogada en mi autodesprecio, cuando, de repente, Mateo se paró.
Encendió un cigarro y, con un tono indiferente me dijo:
-Déjame tratar de leer tu mente, deseas que me vaya con otra mujer para poder estar más rápido en los brazos de Michael, ¿verdad?
-¡Para nada! -exclamé, desesperada.
Dicen que las mujeres somos propensas a dudar
de todo, pero este tipo con tanto drama nos superaba.
Mateo suspiró y se quedó parado al lado de la ventana, fumando en silencio. Irradiaba una hostilidad que alejaría a cualquiera.
A veces todavía me preguntaba cómo había podido fingir ser un tipo gentil y paciente durante tanto tiempo.
Cuando por fin se fue, suspiré, aliviada, y me dejé caer en la cama con los brazos extendidos.
El tipo era como una tormenta: impredecible y desesperante.
¿Cuándo iba a cansar de jugar a vengarse de mí y me dejaría en paz de una buena vez?
Al caer la tarde, la gente del servicio comenzó a preparar la cena.
Doña Godines me miraba como si quisiera decir algo, pero no se atrevía a decirlo.
-¿Pasa algo? -acabé preguntándole.
Me llevó a un rincón y, en un tono preocupante, dijo:
-Señorita, tiene usted que ser más cariñosa con
el señor. Lo vi irse esta tarde con una cara de pocos amigos. Temo que cuando vuelva le arme bronca.
Suspiró y añadió:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)