Michael y yo íbamos sentados atrás.Me miró y con un tono de disculpa dijo:
—Perdón, Aurorita. Pero esta vez necesito que me ayudes con tus contactos.
—No tienes que disculparte. Al final, nos hiciste un favor enorme a mi papá y a mí —le contesté.
Me quedé pensando un momento y luego agregué:
—Pero, para ser sincera, no soy tan cercana a Alan. No puedo asegurar que logre conseguir algo.
—No te afanes, haz lo que puedas —dijo Michael mientras me daba un golpecito en el hombro, con esa expresión cálida que siempre tiene.
Lo miré unos segundos, después giré la cabeza hacia la ventana. Tenía la cabeza llena de dudas.
Alan parecía relajado, medio bromista, y no era fácil hablar con él.
Además, disfrutaba provocar a Mateo.
Suspiré. Tenía que encontrar la forma de hablar con Alan y pedirle que no dijera nada.
Mientras pensaba en eso, vi a Javier, reflejado en el vidrio.
Volteé por reflejo, y en ese instante nuestras miradas se cruzaron.
Sentí un pequeño brinco en el pecho.
Lo miré y le pregunté:
—Señor Martínez, ¿le pasa algo?
Javier, con una sonrisa rara, respondió:
—No es nada.
Al principio pensé que, además de ser atractivo, tenía un aire tranquilo, elegante.
Pero ahora, al mirarlo, había algo raro en su sonrisa, como que te insinuaba algo.
Desde que preguntó si estaba embarazada, su mirada hacia mí se sentía distinta.
Javier giró la cabeza, y yo me quedé observando su perfil, sin saber qué pensar.
Un rato después, llegamos a Luxe Global Suites.
El salón que Michael había reservado estaba en el tercer piso.
Cuando llegamos, los inversionistas todavía no habían llegado.
Michael me contó que invitaron a diez, pero solo tres dijeron que sí.
El más importante de todos era Alan, por su plata y su influencia.
Eso quería decir que si él decía que sí, el proyecto tenía futuro.
Alan...
Mientras los oía, vi cómo a Michael se le endureció la cara. Se notaba molesto.
Le hice una señal con la cabeza, me levanté y ofrecí algo de té:
—Señor Ciferri, señor Donati, ¿cómo están hoy?
Me ignoraron. Solo se rieron y le hablaron a Michael:
—Michael, te lo voy a decir sin pelos en la lengua, si no fueras hermano de Mateo, no hubiéramos venido.
—Así es. Solo por ser hermano de Mateo te tenemos algo de respeto.
Javier se rio un poco, casi burlándose.
Michael no dijo nada. Apretó los puños al costado, sin despegar la mirada del frente.
Yo, tratando de no alterarme, les dije con calma:
—Señores, Michael también sabe lo que hace. Que Mateo haya tenido éxito antes no significa que Michael no pueda lograrlo. Él apenas está empezando.
—¿Ah, desde cuándo confías tanto en él?
Una risa familiar se escuchó desde la puerta.
Mi corazón se aceleró y levanté la cabeza de golpe...

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