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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 200

Capítulo 200

Pero cuando di un paso atrás, él dio uno hacia adelante.

Y así, sin darme cuenta, ya estaba contra la pared.

Mateo apoyó las manos a cada lado, dejándome sin salida. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración. Tenía la mirada clavada en mis ojos, sin pestañear.

Aparté la mirada con desesperación y pregunté, bajito:

— ¿Qué quieres de mí?

En el restaurante ya le había dejado clarísimo que no iba a volver con él.

¿Entonces qué busca ahora? ¿Por qué aparece así, de noche, en mi casa?

Él seguía mirándome desde arriba, con ese aliento cálido que me rozaba la cara y me hacía temblar. Intenté inclinarme hacia un lado para escaparme.

Pero él bajó el brazo y me bloqueó.

Lo miré, furiosa:

— Mateo...

Sonrió, solo un poquito.

No sé si era idea mía, pero por un segundo, me pareció ver un rastro de dolor en su mirada.

Aunque, tan pronto ese desprecio volvió a aparecer en su cara, me convencí de que lo había imaginado.

—¿Prefieres quedarte en este lugar antes que venir a vivir a una mansión conmigo? —me preguntó.

— jAsí es! —Se lo dije sin dudar.

No me importaba si era por mí o por el bebé que tenía dentro. No pensaba volver a una vida con él, con sus cambios de humor, sus humillaciones, su necesidad de controlarlo todo.

Mateo volvió a sonreír.

Bajó la mirada y ya no pude verle bien los ojos.

Pero había algo en él que no encajaba. Algo raro.

Después de quedarse callado un rato, se rio:

— Así que me odias... Lo que me dijiste esa

noche también era mentira, entonces.

Esa última frase tenía veneno en cada palabra.

Me quedé helada, confundida, y lo miré:

—¿De qué estás hablando? ¿Qué noche? ¿Qué te dije?

Mateo alzó las cejas, burlón:

— Anda... Siempre te olvidas de lo que haces, de lo que dices. ¿Tan mala memoria tienes o solo te haces la que no te acuerdas?

— No tengo idea de qué hablas.

Le contesté directamente, pero por dentro sentía que hablábamos dos idiomas distintos.

Con él siempre era así. Nunca sabíamos en qué página estaba el otro.

Seguía mirándome con esa mezcla de desprecio y desconfianza.

Respondí después de una risa nerviosa, incómoda:

— Por favor, Mateo... no empieces con tus novelitas. Estaba hablando de la carne.

¿La carne? —repitió, como si no pudiera creerlo.

Se rio, sin creerme una palabra.

Ya me cansé. No escucha, no cree, no entiende.

Suspiré, rendida:

— Te juro que hablaba de la carne. Si no me crees, allá tú.

— Otra vez con esa actitud como si todo te diera lo mismo.

Mateo volvió a sonreír, pero esta vez algo se le encendió en la mirada. Una chispa extraña.

Y sin decir nada, movió la mano que tenía en la pared, acercándola a mi cuello.

Su dedo, con la piel áspera, rozó mi piel, bajando desde el cuello hasta la clavícula.

Ese contacto me hizo estremecer.

Me quedé inmóvil, temiendo que en cualquier momento se le fuera la cabeza y me apretara.

Su mano siguió bajando, lenta.

Yo llevaba ropa de dormir, sin sostén.

Y él, como si supiera, como si lo notara, siguió... sin decir una sola palabra.

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