Capítulo 28
No sé qué dije que lo irritó tanto, pero de pronto me vio con una mirada de mucha rabia.
Di dos pasos hacia atrás, mirándolo con cuidado.
-No te enojes, solo que de verdad no quiero ir a Ambarada.
Tenía que asistir al evento de baile y ganar esos treinta mil.
De ninguna manera podía acompañarlo.
Mateo fumó su cigarro con calma, pero su mirada no se apartó de mí por un rato que yo sentí como una eternidad.
Inquieta, jugaba con mis dedos, incapaz de decir algo.
Cuando por fin terminó el cigarro, apagó la colilla lentamente y dijo, con voz indiferente:
-Si no quieres ir, entonces no vayas.
Sentí un alivio inmenso.
Se levantó y caminó hacia la puerta. Al pasar junto a mí, se detuvo por un segundo,
mirándome de reojo. Su tono era igual de frío:
-Mientras no estoy, será mejor que te portes bien y no hagas nada que me moleste.
-¡Por supuesto! Te lo prometo, me voy a portar bien- respondí con la mayor firmeza posible.
Él no me miró más y se fue de una vez.
Seguramente seguía molesto, porque pasó toda la noche encerrado en su despacho.
Doña Godines preparó un caldito de pollo y me pidió que se lo llevara.
Pensé que no estaba de más intentar que abriera su corazón a mí, así que, con una sonrisa radiante fui a entregárselo.
Sin embargo, ni siquiera levantó la vista para verme. Le dije que mejor se lo tomara caliente, pero me ignoró por completo.
Regresé a la habitación sintiéndome un poquito frustrada.
Esa noche no pude dormir, y mi mente no dejaba de dar vueltas a todos los momentos en los que lo había tratado mal en el pasado.
Él solía esforzarse por que yo lo quisiera, ser atento, y aun así yo nunca le di ni la hora.
Ahora que me trataba de la misma manera, solo podía đecir que me lo tenía bien merecido.
A la mañana siguiente, cuando desperté, ya se había ido.
Doña Godines me regañó, diciendo que no tenía corazón, que sabiendo que él se iba de viaje, lo menos que podía hacer era levantarme temprano a despedirlo.
-Seguro que, si lo hubieras despedido, se habría ido más contento. -añadió con un suspiro.
Lo que sea, yo pensé que estaba exagerando.
Mateo no era el tipo de hombre que se alegrara con un gesto así, al menos no si venía de mí. "La luz de sus ojos" era la única que podía ponerlo de buen humor.
Alan dio una calada a su cigarro antes de añadir:
-Mateo no sabe nada de esto, ¿verdad?
-¿Por qué debería decirle? Además, tú tampoco le digas nada. Es solo por esta noche, no hay necesidad de armar un problema.
Alan carcajeó y asintió, como burlándose de mí:
-Así que viniste por los treinta mil, ¿no?
Incliné un poco la cabeza, mirándolo:
-A ver, ¿acaso hay alguien acá que no vino por el dinero?
Él rio, asintiendo de nuevo:
-No lo niego. Pero, siendo tú, no necesitas estar aquí. Podrías pedírselo a Mateo directamente. Si le pides algo, seguro que te da más de esos treinta mil.
Suspiré.
-Pues no estoy de acuerdo. Yo también puedo ganarme el dinero por mi cuenta. No tengo por qué pedírselo a él. Además, él no me debe nada.
Intentando sonar tranquila, añadí:
-¿Dónde está el vestuario? Voy a cambiarme.
Alan me observó durante un par de segundos, y su sonrisa se hizo más pronunciada, casi maliciosa.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)