Que me descuente el sueldo si quiere. Mejor aún, que me eche de una vez.
El teléfono sonó dos veces y luego se quedó en silencio.
Me recosté contra el respaldo del sillón, masajeando mis sienes con incomodidad, obligándome a no pensar en lo que acababa de pasar.
Poco después, un sonido repentino —el típico ‘clic’ de que fue desbloqueada— indicó que la puerta había sido abierta con una tarjeta.
No necesitaba abrir los ojos para saber que era Mateo.
En esta habitación, solo había dos tarjetas: una era mía y la otra, suya.
Seguí acurrucada en el sillón, sin moverme.
Escuché pasos pesados y fuertes acercándose.
Unos segundos después, su voz molesta y tensa rompió el silencio del dormitorio:
—¿Por qué no me contestas?
—Estoy aprendiendo de Camila —respondí con un tono sarcástico, sin siquiera abrir los ojos. Ni ganas de verlo tenía.
Pero justo en el siguiente instante, algo jaló mi cuello con fuerza.
De pronto, él me levantó por completo del sillón, sosteniéndome por el cuello del suéter.
Abrí los ojos de una vez, y lo primero que vi fue la cara de Mateo, lleno de furia y una mirada tan oscura que parecía querer matarme.
—Ella tuvo una crisis. ¿Era necesario que te burlaras así de ella?
—Ay... —me burlé, sonriendo —¿Y ya se murió?
—¡Aurora!
Mateo rugió mi nombre, con los dientes apretados.
Apretaba mi ropa con tanta fuerza que casi no podía respirar. Toda su energía parecía convertirse en un aura asesina.
En ese momento, Camila llegó corriendo, apresurada.
Su cuerpo se tambaleaba como si en cualquier momento fuera a desplomarse.
Tenía la cara completamente pálida, sin un solo rastro de color. Realmente parecía a punto de morir.
Pero, por alguien a quien odio, no siento ni una pizca de compasión.
Incluso si realmente estuviera muriéndose.
—Mira, todavía puede caminar. Pensé que ya se nos iba —me burlé sin filtro.
—¡Cállate! —dijo Mateo, con una voz amenazante.
Me arrojó con fuerza al sofá.
Camila, con cara de afligida, se aferró a su brazo como si le costara sostenerse:
—No, Mateo, no trates así a Aurora ...
Luego, de la nada, soltó un "¡ah!"... y escupió sangre.
—¡Camila! —gritó Mateo, lleno de angustia, corriendo a agarrarla.
—Te llevo al hospital ahora mismo.
—No, no quiero... —Camila lloraba mientras escupía sangre.
—No quiero ir al hospital. Siempre estoy sola, muriéndome de frío... no quiero, Mateo. Ya no hay cura para mi enfermedad. Por favor, no me dejes sola allá otra vez...
Lloraba con desesperación.
Sus labios y barbilla estaban manchados de rojo, lo que la hacía parecer aún más pálida y frágil.
Yo la miraba en silencio, observando la sangre que brotaba de su boca.
Y no pude evitar pensar: ¿será un sobrecito de sangre, escondido en su boca, que mordió a propósito?
Ese pensamiento fugaz me asustó.
¿En qué momento aprendí a pensar tan mal?
—Me duele... Mateo, me duele mucho...
Mateo me lanzó una mirada tan afilada como una cuchilla:
—¿¡Y tú qué esperas!? ¡Ve ya!

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