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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 366

Capítulo 366

Waylon me miró, sonriendo:

—¿Por qué lloras? Dicen que soy bien compasivo con las mujeres guapas. Solo quiero que la pases bien. Quién quita y después hasta me ruegues que lo hagamos más veces.

Apenas terminó de decir eso, me levantó de golpe y me tiró al sofá.

Intenté ponerme de pie, pero enseguida se me echó encima otra vez.

Su cuerpo grande y pesado me tapaba por completo.

Sentí cómo el miedo me invadía hasta los huesos.

Temblando sin poder controlarme, empecé a llorar y le rogué:

—Por favor... por favor, déjame ir. Haré lo que sea, pero déjame en paz.

—¿Hasta clavarle un cuchillo a Mateo?

Asentí de inmediato:

—Sí, lo que sea.

Waylon se echó una carcajada:

—Anda, es verdad eso de que eres mala, egoísta y despiadada. Pero eso me gusta.

Mientras decía eso, empezó a jalarme el abrigo.

En un segundo, ya me lo había abierto por completo.

Yo luchaba con todas mis fuerzas, llorando y gritando como loca, pero nadie venía a ayudarme.

Los guardaespaldas, bien sabiendo lo que pasaba, salieron y cerraron la puerta detrás de ellos.

Al ver cómo la puerta se cerraba poco a poco, sentí una desesperación absoluta.

Lloré con todo lo que tenía, suplicándole a ese tipo encima de mí que me dejara ir.

Pero mi miedo y mis ruegos solo parecían emocionarlo más.

Me dio una palmada en la cara, con una sonrisa de loco en los ojos:

—Con esa carita te ves mucho más emocionada que las demás. Así es más divertido, ¿no crees?

—iJajajaja...!

Waylon se reía como un desquiciado mientras me obligaba a tragar, como si disfrutar mi sufrimiento fuera lo mejor del mundo.

Cuando ya le pareció suficiente, se tomó lo que quedaba de la botella directo y la tiró a un lado.

De inmediato, empezó a quitarse la ropa.

Yo tosía sin parar, sentía que se me iban a salir las tripas por la garganta.

Sin darme tiempo de respirar, trató de arrancarme la pijama.

Me defendí como pude, arañándolo.

Al rato, ya tenía varias marcas rojas en el cuello y la mandíbula.

Waylon se tocó la cara, sintió los rasguños y me miró con una sonrisa enferma:

—Vaya, sí que te defiendes como una gata salvaje.

¡Qué fuerza!

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