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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 425

—Esa vez, la joya que te regalé no era peor que este collar que te dio Waylon, pero tú la tiraste sin más, con desprecio, y hasta dijiste que era vulgar. Desde entonces pensé que de verdad no te gustaban estas cosas tan “comunes”. Pero mírate ahora, cuidando ese collar de Waylon como si nada.

Mientras hablaba, su sonrisa se llenaba de más sarcasmo.

Me lamí los labios, con ganas de explicarme.

Pero él siguió:

—Aurora, eres tan cariñosa. Parece que tratas bien a todos los hombres, coqueteas con todos... menos conmigo.

¡Eso no era cierto!

¿De dónde sacaba esas cosas?

¿No estábamos hablando de joyas? ¿Ahora qué tenían que ver otros hombres?

Abrí la boca, lista para defenderme al menos un poco.

De inmediato, me ordenó de mala gana:

—¡Vete a cocinar!

Sentí que la sangre me hervía.

¡Qué tipo tan necio y cansón!

Lo insulté mentalmente y me fui directo a la cocina.

La verdad, estar ahí cocinando era mil veces mejor que aguantarlo.

Después de tantos días cocinando sin parar, ya tenía las manos más rápidas.

Preparé todo, puse un video en el celular y empecé a seguirlo paso a paso.

Me tomó más de una hora tener lista la comida.

Cuando salí con los platos, él estaba parado junto a la ventana, fumando.

Todavía traía una toalla amarrada en la cintura y nada más. Su cuerpo mojado resaltaba cada músculo.

De inmediato, me vino a la mente la imagen de él en la cama. Sentí que la cara se me encendía y el corazón me latía a mil.

Rápido aparté la mirada y le dije:

—Ya está la comida.

Él ni se movió, así que lo dejé. Me quité el delantal y me fui al baño a lavarme la cara.

Cuando regresé, ya se había dado la vuelta y me estaba mirando.

Sus ojos oscuros tenían un brillo opaco, como de tristeza. No podía entender qué podría preocupar tanto a alguien como él, con tanto poder y dinero.

Le repetí:

—Ven a comer. Con este clima, si no comes rápido, se enfría.

Mateo alzó mi mano y vio el dorso.

Ahí tenía una ampolla roja, por el aceite caliente. Ardía horrible.

Mateo se quedó mirando un buen rato. Pensé que le daría al menos un poco de pena, ya que fue cocinando para él.

Pero de inmediato, apretó el dedo justo sobre la ampolla.

Solté un grito de dolor, casi se me salen las lágrimas.

Saqué la mano rápido, furiosa y con los ojos llorosos:

—¿Qué te pasa?

—¿Te duele? —preguntó, como si nada.

La ampolla ya se había reventado y la piel se abrió. Me ardía tanto que no podía ni hablar.

Le grité:

—¿Por qué no lo pruebas tú a ver si duele?

Este hombre está mal de la cabeza.

Mateo sonrió, hablando con crueldad:

—Me alegra que te duela. Una persona como tú, que nunca ha cocinado, no debería fingir que lo hace por cariño. Si no sabes, ¡no cocines! Y si te quemas, ¡pues es lo que te mereces!

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