Pero para cuando lo noté, ya era demasiado tarde. Me mentí a mí misma, diciéndome que quizá solo estaba exagerando.
Después de todo, Michael no tenía motivos reales para odiarme. No debería hacerme daño, no tendría sentido.
Pero fui ingenua. Subestimé la maldad de la gente… y sobrestimé el poco cariño que alguna vez hubo entre nosotros.
Ahora que lo pensaba, si en serio quería vengarse de Mateo, era lógico que me usara a mí.
Aunque todos supieran que Mateo no me quería, también sabían que yo era su mujer.
Si Michael no podía acercarse a Camila, entonces… solo le quedaba atacarme a mí.
Habiéndolo entendido todo, volví a mirar al hombre frente a mí. En ese momento, solo pude pensar en lo mucho que puede sorprenderte lo que las personas esconden en su corazón.
Le dije:
—Puedes haberme atrapado, pero eso no significa que lograrás hacerle algo a Mateo.
—Eso no lo sabes —me respondió, con una sonrisa confiada.
—Aurorita, ¿qué te parece si hacemos una apuesta?
Su voz era tan suave como siempre, pero ya no quedaba nada del Michael que conocí. Solo había desprecio y crueldad.
—¿Qué clase de apuesta? —pregunté.
—Apostemos si… él vendrá solo a rescatarte o no.
Michael jugaba con un encendedor. Un segundo después, encendió un cigarro, le dio una calada, y mientras soltaba el humo, me dijo:
—Yo apuesto a que vendrá. ¿Y tú?
—Entonces vas a perder —contesté, tranquila—. Ahora mismo está pegado como chicle a Camila. Pero incluso si no estuviera con ella, no vendría por mí. Me odia.
—¿Te odia? —Michael me miró, con una sonrisa rara.
Mientras soltaba el humo, dijo:
—La verdad, me da lástima. Puede tener éxito en los negocios, pero en el amor… ja, es un fracaso total.
Sentí rabia al escucharlo:
—¿Cómo así?
—¿Que cómo así?
Se rio, molesto, y les dijo a los guardaespaldas que me metieran al almacén abandonado.
Caminó tras de mí, tranquilo, casi emocionado.
—Si tanto quieres saber, te lo voy a contar con lujo de detalle.
El almacén estaba oscuro, sin electricidad. Solo con la luz de la linterna, se notaba el polvo y las telarañas en todos lados.
El viento se metía por huecos en las paredes, silbando como los demonios de una casa embrujada.

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