En medio del caos, escuché la voz grave de Mateo a mi lado.
—Es cierto, no puedo protegerla. Por eso, te la dejo a ti. Llévatela, asegúrate de que llegue sana y salva a la ciudad. No te preocupes por mí.
Al escucharlo, me llené de angustia.
Hablé de inmediato.
—No, yo no quiero eso, Mateo, ¡yo quiero estar contigo!
Ver a Mateo en ese estado tan débil me rompía el corazón.
Con los ojos llenos de lágrimas, miré a Javier, con la esperanza de que él quisiera ayudar a Mateo.
Pero Javier miró a otro lado.
Bajó la vista y se acercó a mí con una expresión muy seria.
Me quedé paralizada, sin saber qué decir ni qué hacer.
Se detuvo frente a mí y, de pronto, me sonrió.
—Aurora, ¿de verdad no recuerdas nada de mí?
—No lo recuerdo… no lo recuerdo… —lloré entre sollozos.
—No me acuerdo de nada de cuando era niña, Javier. Pero si de verdad fuimos buenos amigos, por favor… te lo ruego, ayúdalo. Ayuda a Mateo, por favor… sálvalo…
—Aurora, no le ruegues —interrumpió Mateo, su voz ya casi apagada.
Me llené de rabia y desesperación.
—¿Por qué no rogarle? Si no te ayuda él, ¿entonces quién puede ayudarte? ¿Por qué eres tan terco? Sabías que venir aquí era una trampa, ¿por qué viniste solo? Siempre dices que yo soy la tonta, ¡pero tú eres igual!
Mientras gritaba, me puse a llorar otra vez.
Me sentía desesperada.
Mateo tenía el cuerpo cubierto de sangre, podía morir desangrado en cualquier momento, y aun así quería mantener la calma delante de Javier.
Si él moría, ¿qué iba a hacer yo?
Volví a mirar a Javier.

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