Mateo no dijo nada, solo me miró con los ojos llenos de ira.
Me levanté, como con la intención de salir.
De repente, me agarró con fuerza, tan fuerte que sus heridas se reabrieron.
Lo escuché suspirar del dolor, mientras comenzaba a sangrar.
Me asusté y me acerqué rápido para ver su herida. Vi cómo la sangre salía cada vez más, y su venda se teñía de rojo rápidamente.
La preocupación me hizo llorar un poco.
—¿Qué hacemos? ¿Te duele mucho? Ahora mismo voy a llamar al médico.
Mateo me volvió a agarrar.
Molesto, me miró y, con una sonrisa irónica en los labios, dijo:
—¿Llamar al médico? ¿No que me odias? Tal vez si dejo que la sangre se derrame, me muera de dolor, ¿eso no sería mejor?
—¿Qué dices? ¡Eres un loco, un idiota!
No pude evitar gritarle: —¡Eres un tonto! ¿Quién te dijo que te odio? ¿Cuándo he dicho que no quiero verte? Es que tú siempre asumes lo peor, siempre te enfadas sin razón. No sabes lo preocupada que estoy, ¡ni siquiera sabes lo asustada que estoy! Y siempre hablas mal de mí. En serio, estás loco, y a cada rato me lastimas con tu temperamento.
Mientras hablaba, las lágrimas comenzaron a brotar, y de repente sentí una gran impotencia.
Mateo me miró fijamente, y poco a poco el odio en su mirada pareció desvanecerse.
Me miró por un momento y luego, en voz baja, dijo:
—Estás preocupada, pero, solo porque estoy acá por tu culpa, ¿verdad?
—¡No!— Le respondí, con los ojos llenos de lágrimas.
¿Cómo podía pensar eso? ¿Acaso no ve que lo amo?
—¿Y entonces por qué?— Volvió a preguntar con su voz grave, como esperando una respuesta en específico.
Lo miré, con los ojos nublados por las lágrimas, y sollocé:
—¿Tú qué crees?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)