—Entonces si en serio quieres divorciarte... hagámoslo —dijo de la nada Mateo, bajando la mirada y sonriendo un poco.
No dije nada.
¿Qué le pasaba? ¿Acaso desmayarse le había abierto los ojos?
Le respondí con calma:
—La verdad es que hace un momento descubrí muchas cosas. Hay muchas palabras que quiero decirte. Así que, Mateo, ¿podrías tomarte la medicina primero, por favor?
—Ya te dije que no necesito que me cuides. ¡Vete! —respondió con un tono más fuerte, mientras su pecho agitado subía y bajaba.
Su cara mostraba una amarga ironía.
—¿Es que ahora que me desmayé y me enfermé, empezaste a sentir lástima por mí?
No supe cómo responder.
Este hombre... es tan sensible y tan frágil.
—No necesito tu compasión. ¡Vete! —insistió, señalando la puerta de la habitación, con una indiferencia que me dolía.
Otro día, seguro habría dado media vuelta y me habría ido.
¿Quién aguanta a alguien con esas emociones tan volátiles?
Pero esta vez era distinta. Después de leer los mensajes de Camila, entendí muchas cosas.
Le sonreí:
—¿Vas a tomarte la medicina o no?
Mateo se molestó más.
—¿Por qué sonríes ahora? ¿No entiendes lo que te estoy diciendo...? Uhm...
No lo dejé terminar. Solo me le acerqué y sellé esa boca grosera con un beso.
Él no sabe cómo hablar, no tiene inteligencia emocional, y no entiende cómo consolar a una mujer.
Si no lo interrumpía, seguro diría otra tontería que me haría enojar.
Aunque ahora ya estoy segura de que me ama solo a mí, eso no significa que sus palabras hirientes no me afecten.
Tan pronto mis labios tocaron los suyos, levantó la mano para agarrar mis hombros, como si quisiera apartarme.
Pero al final no me empujó, sino que me agarró.
Yo no tenía ninguna técnica, no era como él, que siempre me besaba con intensidad y pasión.
Yo solo me limité a acercarme hasta que nuestros labios se rozaran, con cuidado, sin atreverme siquiera a explorar su boca con mi lengua.
Fue un beso torpe, pero no uno corto. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba y su respiración se volvía más agitada.

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