Sentí un dolor en el pecho.
Ya lo sabía… sabía que mi mamá nunca dejaría que usáramos los riñones de sus hijos.
—Bueno, Aurorita, vámonos a casa —me dijo.
—He estado tomando la medicina y la enfermedad está bastante controlada. Estaré bien. Además, el doctor dijo que ya tienen mi información en el sistema, y si aparece un riñón compatible, me llamarán de inmediato para operarme. Así que no te preocupes. Tal vez con suerte pronto encuentren uno adecuado para mí.
Sabía que solo decía eso para tranquilizarme.
Para no preocuparla, oculté mi dolor y le sonreí:
—Tienes razón. Una persona tan buena como tú seguro atraerá un donante compatible.
Mi mamá me sonrió, con una ternura que me derretía el corazón.
Acarició mi vientre con cariño.
—Lo que más me alegra es que estés embarazada. Solo espero poder ver nacer a tu bebé… también quiero cargar a mi nieto.
—Claro que lo vas a ver. Y voy a necesitar buenas ideas de nombres.
—¡Sí, sí, por supuesto! Le buscaré uno bien bonito.
—Son dos, ¿sabías? Estoy embarazada de mellizos. El doctor dijo que podrían ser un niño y una niña.
—¿En serio? —Mi mamá abrió los ojos con asombro y alegría, mirando mi panza como si quisiera que los bebés nacieran ya.
Qué enfermedad tan cruel… además la mamá de Mateo también está mal, y no sé en qué condición se encuentra.
En ese momento, solo quería que ya no existieran enfermedades en el mundo. Ni despedidas. Ni dolor.
Después de llevar a mi mamá de regreso a casa, llamé a mi hermano para pedirle que viniera al instante.
Y de paso, intenté llamar a Mateo.
Pero él no contestó.
Apreté mi teléfono. Algo me decía que lo de su mamá no andaba bien.
Cuando llegara mi hermano, pensaba ir al hospital a ver cómo estaba Mateo.

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